Compré unos narcisos en el mercado de flores del Arenal de Bilbao. Quería regalárselos a ella. Pero, al final, ella no vino. Precisamente cuando la esperaba, sentado en un bordillo de la calle, un amigo me fotografió con mis narcisos y una copa de vino blanco en la mano. Me vi con cara de Frankenstein y pinta de indigente en aquella foto que me mostró mi amigo.
Me llevé los narcisos a casa. Le dije a mi madre: “Son narcisos”, y ella respondió: “No se me dan nada bien los bulbos”. Saqué las flores al balcón, después de aclimatarlas en la cocina, y las puse en el lugar más protegido.
Al día siguiente fui a visitarlas, y me di cuenta de que se miraban en los cristales de la ventana que da al salón materno. Pero no lo hacían por regodearse con su reflejo, sino porque así evitaban el sol directo. Por curioso que parezca, los narcisos no miran al sol. Me agobié pensando que cualquier día llovería, y puse los narcisos en un tiesto más grande. Como el tiesto no tenía agujero, le hice uno yo mismo con un clavo y un martillo. Al día siguiente no llovió, ni al otro.
Salí a tomarme unas copas tres días más tarde en un día de tormenta, de los que a mí me gustan. Llegué a casa y me tragué una pastilla para dormir que hizo rápido efecto, combinada con las copas que me había bebido. Por la mañana me levanté y lo primero que hice fue acudir para mirarme en mis narcisos. Los encontré tristes. Casi muertos. Me dije a mí mismo: “¡En realidad, no es una planta tan bonita!”.
La metí adentro, y la coloqué en el salón de mi madre, hospital de plantas con buena temperatura y mucha luz. No hubo nada que hacer. Ya mostraban signos evidentes de una muerte deseada.
Mis pobres narcisos se marchitaron sin decir esta flor es mía. Les hice un solemne funeral: acabaron en la basura. Luego me eché una siesta, y soñé con una extraña caja que se cerraba, automáticamente, entre mis manos.
Le expliqué lo de los narcisos a través del cristal del salón. Cuando mi madre lo supo, chilló: “Ya te dije que no se me dan nada bien los bulbos”. Después le dio un ataque de amor y gritó, como cuando era un niño: “¡Ay, qué guapo eres!”, mirando mi reflejo en el balcón.
Pero yo no quería ser guapo tras la muerte de mis narcisos. Sobre todo porque no me consideraba guapo. Sin embargo, mi madre se llevaba la palma cuando decía: “Guapo”. Ante esto no tenía nada que hacer. Ni siquiera mirarme en los tiestos llenos de agua podrida. Prefería ser un bulbo, para los que mi madre no tenía buena mano. Además, un bulbo es un feto del alma, algo que crece cuando el entorno es favorable.
Hasta que decidí eso, no tuve alma. Ahora tenía un alma pequeñita, recién nacida, si me lo permiten. Por fin no era un Narciso. Tantos días en el gimnasio dejaron de tener sentido. Tantos días delante del televisor escudriñando milagros para adelgazar y desarrollar los músculos me parecieron esperpénticos. ¡Quiero estar feo! Declaraba para mis adentros.
Y, en realidad, estaba desmejorado. Había cumplido los cincuenta, y lo aceptaba. En el mercado de las flores, volví a comprar narcisos. Cuando llegué a casa, no había nadie, cosa que agradecí. Puse los narcisos en el balcón, y me retiré, no antes de llamarles “guapos”.




