Ayer localicé a su mujer en una esquina del centro de la ciudad cuando salía de la peluquería. Era la peluquería de siempre. Pasó delante un viejecito con su perro. Como siempre. En la tarea de seguir a su bella mujer, me convertí en su sombra, como cada día. Pero ella es una dama sagaz, y, además, buena fisonomista. Me descubrió, y cargó contra mí. “¡Dígale al cerdo de mi marido que me deje en paz!”, gritó, y añadió: “¡Y usted deje de seguirme!”. Mientras esquivaba su bolso intenté explicarle que no iba a hacerle ningún daño, que sólo estaba siguiéndola porque era detective, pero que era un trabajo tan honrado como cualquier otro. Pero ella no lo entendió. Me dio por pensar que las mujeres rubias son tontas. Nada más alejado de la realidad.
Entonces se puso a darme con los puños. Tenía los nudillos finos y huesudos. Seguramente no se daba cuenta de que me estaba haciendo daño con sus anillos. Después se echó a llorar, y me dio lástima. La abracé. La conduje hasta un bar y la invité a café con leche. Se calmó un poco. Paseamos bajo la luna y nos sentamos en un banco de la avenida. Hablamos. Nos besamos a tornillo. Jamás había besado a una rubia, con el pelo recién teñido. Olía a peluquería y a perfume caro.
Más tarde hicimos el amor en pleno parque, desafiando a las autoridades. Me recordó a los romances de mi juventud. “Para ser una sombra, lo hace usted de maravilla”.
Yo no podía hablar. El éxtasis no me lo permitía. Ella me habló de usted, que era, por lo visto, muy celoso. Vigilaba cada paso suyo, contrataba detectives a los que luego despedía si no habían conseguido averiguar nada. Intervenía el teléfono para saber a quién llamaba, y peor aún, quién la llamaba a ella. Me contó que, por las noches, usted cerraba el dormitorio de ella con llave, para que no pudiera escapar.
Por supuesto, llegó a pegarla. Aquellos amantes invisibles eran insoportables. Para su mente, caballero, si es que no le importa que le llame así, cualquiera que la mirase durante sus paseos era culpable. No fueron pocas las veces que acabó zurrando a algún pobre viandante simplemente por mirarla.
Le pregunté si le molestaba que sacase una foto de los dos utilizando el automático. Me dijo que no le importaba. Por eso estoy seguro de que su mujer le engaña. Conmigo.
Comprenderá que no se lo haya dicho en persona. Podría haber mantenido el secreto, pero necesito la pasta, que usted puede ingresarme en la cuenta especificada más abajo.
Atentamente…




