Después de sentirse observado por toda la clientela mientras se dirigía al probador con la prenda en la mano –y de pedir, una vez se la hubo probado, que se la empaquetasen “para regalo”- el señor Shave regresó a su casa con la intención de preparar una encerrona a su mujer cuando volviese del café con las amigas.
El efecto que causó a su esposa cuando salió ésa misma noche del cuarto de baño vestido únicamente con la bata de leopardo no fue el esperado, o acaso se trató de un juicio subjetivo del señor Shave, que malinterpretó la cara que puso su compañera y el tono de su sonora carcajada posterior.
Reprimiendo la tentación de echarle toda la culpa a ella, Phillip -ya hay confianza como para llamarle por su nombre de pila- volvió al día siguiente a la tienda de lencería Sans Culottes para cambiar la bata por otro artículo similar, y acabó decidiéndose por un batín de seda negra con los cuellos escarlatas y un tigre bordado en la espalda, porque en el fondo era un romántico. De nuevo se repitió la escena de la noche anterior, aunque ésta vez hubo ausencia de carcajada, y su mujer se limitó a comentarle que parecía un judoka.
Con una expresión facial semejante a la de un personaje de tragedia griega, Phillip regresó por tercera vez a la tienda y, en lugar de comprarle a su parienta lo más sexy del escaparate -decisión que habría zanjado el asunto- se conformó con acumular calzoncillos por valor de lo devuelto, siempre en aquella línea que según él podría gustarle a su esposa, y generar en ella un inmediato apetito sexual que culminase en sonado coito. Por no precipitarse a la hora de mostrarse en paños menores, esperó al fin de semana, consciente de que ya no podría volver el lunes a aquella tienda –pudor obliga- a cambiar una vez más lo adquirido.
Cuando por fin se presentó ante el ser amado vestido exclusivamente con la nueva ropa interior, la dama le preguntó, intrigada, por qué se había comprado esos pantalones de deporte. Sin inmutarse, Phillip declaró: “Son para el verano”.




