“Hoy ha pasado el tío que me dio veinte euros las navidades pasadas. Ha seguido sin saludarme como si no sucediera nada, ¡y mira que estoy titulada! Ay, la pena que me ha dado, que duro está el trabajo. En cada esquina hay un pordiosero que no viene al caso. Algunos son rumanos, como nosotros, otros negros y otros locales. Qué caras de pena tienen los pobres. Lo peor es cuando se hacen pis encima”.
“Recuerdo”, dice la otra, “que en mi manzana antes sólo estaba yo. Ahora hay uno por cada esquina, y algún cadáver he visto. O acaso estaba borracho, porque cuando volví de comer lo habían retirado”.
“Si es que pedir cada vez es más duro. No basta con el doctorado de mendigo “honoris causa”, del que abre las puertas de las señoras al supermercado. Eso es un mendigo bien educado, y no los moros que venden droga para que se coloquen nuestros hijos”. “¿No te estarás volviendo un poco racista?”. “No, los negros me caen bien, pero hay alguno, que también…”
“Te miran con mala cara para ver si te asustan, y los extranjeros no les gustan, se les ve a la legua”. “Hija, no les das tregua. ¿Qué hay para cenar hoy?”. “Precisamente sémola con verduras. ¡Ay, que hambre me está dando, menos mal que somos fuertes y no le pegamos al morapio! Y que nuestros maridos se trabajan la chatarra, y no se van por ahí de farra. Digo yo si Bilbao no será como América, la tierra de las oportunidades, pero ¡qué calamidades son algunos de la competencia!”
“Pues entonces mira a otro lado, que no se vaya a decir que monopolizamos el negocio, y que tenemos tanto ocio que incluso hacemos fiestas con la fruta magullada. A mí los que me dan arcadas son los que piden por la droga, y sin embargo al ciego lo veo bien, y no te creas, que no es un chiste. Por cierto, ¿tienes algo de alpiste para el canario que no canta? Cuando abro la puerta de la choza, bajo el puente, pega un relente que creo que le ha congelado la garganta”.
“¡Bien harías en ponerlo con arroz!” “Eso que dices me espanta. ¿Sabes que ahora hay frente a mí un pobre que dibuja? Son garabatos ingenuos pero el tipo anda mal de la cabeza. A ése su madre le ha echado de casa. Es que pasa lo que pasa. Hay también una rubia de aquí de Bilbao que saluda con un “buenos días” a todo el que ve, pero de vez en cuando roba un pollo en el supermercado”. “Sin ir más lejos, compañera, hace cuatro meses pillaron a una señora con una lata de espárragos y creo que le han echado tres años. ¡Esto es la pera!”.
“Habladurías, habladurías. Si de eso se comiera seríamos ricas, como las señoras que van a las terrazas a tomarse el cafelito con un muerto viviente que es su maridito, o con sus amigas de toda la vida que hacen aquelarres prestándose la bisutería. No me canso de decir que la mejora del mundo es pura superchería, si tú supieras, querida mía, la boda a la que fui en Rumanía el verano pasado… ¡Yo es que si no veo a los míos, haría tiempo que me habría suicidado!”.




