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NOCHES DE PESADILLA

Maldita sea la belleza que se ríe de la inocencia

Maldita sea la belleza que se ríe de la inocencia, maldito sea el anillo que estrangula al dedo, y el pensamiento sincero cuando dice: "no quiero verte más", maldito sea el compás de espera de una mujer abandonada.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Maldita sea la belleza despiadada, la crueldad punzante de una daga con puño de oro y siempre empuñada con la intención de herir, que no de matar, y de hacer sufrir al admirador. Maldita sea la inocencia de un collar de perlas usado por el estrangulador, cuando el amor se transforma en odio frenético.

Maldita sea la pistola de cachas de marfil que ha servido para matar a mil, maldito el tétrico rubor de la asesina que adivina el porvenir de una bala de plata, maldito el pastel de nata envenenado para eliminar al que estorba, maldita la trágica habilidad de un relojero fatal que apresurado quiere hacer el mal adelantando el reloj de la despedida a su pareja con un hondo desdén.

Malditos los instrumentos de tortura fabricados de piedras preciosas, malditas las horas que se esperan antes del cadalso en un gran salón de espejos, malditos sean los ojos de desprecio de la aristócrata cautivadora, que es cautiva de un profundo desprecio por su legión de soldados, todos enamorados de su princesa. Malditas sean las bromas ingeniosas que sirven para parar corazones, malditas sean las razones que dan lugar a esta prosa, malditas las estrellas que flotan sobre las estrellas de la dehesa junto al árbol del ahorcado, maldito el verano que acabó siendo invierno, llenando un corazón de lluvia cuando todos disfrutaban del sol.

Maldita sea la belleza que se ríe de la inocencia, maldito sea el anillo que estrangula al dedo, y el pensamiento sincero cuando dice: “no quiero verte más”, maldito sea el compás de espera de una mujer abandonada, maldita sea la preciosa catarata bajo la que se ducha la diosa, maldita sea la asquerosa sensación de haberse convertido en un huevo de Fabergé lleno de mierda, maldita sea la crudeza de la indiferencia y el cepillo de ónice y crines de cerda que peina unos cabellos hermosos, malditos los posos del vaso donde se lee el pasado de un Veuve Clicquot sin compartir, maldito devenir el de un globo Montgolfier que costó la vida de dos obreros, maldito el golpe certero de un jarrón de la dinastía Ming que abrió el cerebro de una criada, maldito sea y mil veces maldito el cazador que posa junto a su pieza, el que conserva su cabeza, adorno de una casa señorial, con sus malditos jardines donde el caballero persigue a caballo a sus víctimas, para luego ignorarlas cuando le sirven la cena junto a la marquesa.

Maldito sea el ataúd de tinte de pelo, el azul del cielo, el calor sofocante que derrite el olor de la muerte en una playa veneciana. Maldito sea el rubio muchacho de un cuadro que se pudre, maldito el cariño del sacerdote vestido de Armani que toca las carnes frescas de los niños, maldito sea Baudelaire, y su ramo de flores muertas, maldito sea porque son bellas, porque es mejor maldecir que decirle a ella que no te importa sufrir, que prefieres las maldiciones a las bendiciones, que optas por todo aquello que odias simplemente por capricho, ya que tu odio se acostará contigo en el nicho de tus noches de pesadilla.

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