El padre oculta su rostro ante el espejo, mientras la madre hace equilibrios para ponerse su vestido de topos azules. El niño recoge su balón que rueda siempre hacia la misma esquina y lo chuta en dirección inversa. El gato se agarra bien con las uñas a la moqueta estilo años setenta para no deslizarse hasta la puerta de la gatera.
Los pájaros, dos periquitos, se besuquean torcidos en su jaula que cuelga torcida. La televisión torcida sólo ofrece visiones torcidas y la niña se pone a llorar lágrimas torcidas que mojan al padre, a la madre y al hijo.
Cuando la madre y el padre salen a trabajar, lo hacen rodando. Los niños se atreven más con las piruetas.
Y, en la calle, se les hace muy difícil acostumbrarse a la verticalidad. Saben que sus rostros son deformes. Los edificios les dan vértigo. Caminan intentando hacerlo tieso por las calles, añorando sus esquinas torcidas para descansar un poco. Los ciudadanos, respetuosos, les ceden el paso por las calles.
Por la noche, padre y madre hacen el amor torcidos. Los niños duermen en diagonal de un lado al otro del dormitorio bajo el cuadro torcido de un barco en medio de una tormenta. El agua del mar parece que se va a escapar por una de las esquinas del marco.
Y toda la familia sueña deformemente feliz. Escriben las notas por las mañanas con renglones torcidos, mientras el sol aparece por la esquina de la ventana torcida. Tuercen sus gestos ante los espejos cuando se preparan para salir un día más a aceptar las dádivas de una sociedad que se considera en deuda con ellos. En su deformidad hay más belleza que en las cumbres del Fujiyama.
En su jardín, hay árboles amarrados con fuertes cintas elásticas a tablones y troncos de madera, y cada primavera, las flores de los almendros estallan en las piscinas de la gente correcta, cubriéndolas con una alfombra blanca de agradecimiento por parte de la familia mutante. Gracias por ser diferentes, les dicen los vecinos. Y la vida transcurre con toda normalidad en los alrededores de la cúpula de Hiroshima.




