La sangría ha dejado de ser una bebida pueblerina. Ahora se dan tortazos japoneses, alemanes y estadounidenses por ella. Se ha convertido en un preciado hidromiel de lujo, una “delicatesen”. Y es que: ¿A quién no la apetece beberse una sangría de vez en cuando en verano.
Ingredientes: 1 litro de vino tinto, 2 melocotones, 2 naranjas, 1 limón, 2 plátanos, 1 manzana, 75 ml de agua, 3 cucharadas colmadas de azúcar, 1 palo de canela, 330 ml (1 lata) de bebida carbónica, (gaseosa o refresco de naranja o limón) y tiene la felicidad asegurada.
Después de comer -y beber un par de jarras de sangría a la sombra-, se vive mejor.
Así que ya sabe, hace demasiado calor para escribir y yo, como decía un amigo: “Reclamo la vagancia como derecho universal”. Me adhiero completamente a tan sabias palabras.
Que disfruten de su sangría, no se olvide, en EEUU se pagaría veinte dólares más cara que aquí, y eso si le invitan a uno a una fiesta snob.
La sangría ha pasado, pues, de ser patrimonio nacional, como el jamón de Jabugo, o las angulitas con su ajito y su pimentón, a ser patrimonio de la humanidad.
Cuando gané mi primer premio literario, todo el mundo pidió angulas, pero yo tomé un solomillo a la pimienta. Después me arrepentí. ¿Para qué valen, si no, los premios literarios?




