En este profundo latifundio del verano, mientras Grecia sueña con que Ulises regrese de nuevo a las Islas, los jóvenes viven aventuras. Como aquella sucedida en La Provenza, cuando yo tenía dieciocho años:
“En el paraíso de las chicharras un joven atrapa una y se la muestra a su maestro acuarelista. ¡La has cogido!, exclama éste, inquieto. El otro muestra bien la palma de la mano. Y siente un fuerte picotazo.
El acuarelista ríe: ¡Te ha mordido!
Él nunca había sido capaz de atrapar ningún mordisco de chicharra cantarina.
La sangre cae en el papel de acuarela y el acuarelista por poco se desmaya, mientras el joven mira a la chicharra que se escapa, como se escapa un amor.
Ahora la acuarela es mucho más bella, reconoce por fin el maestro. Ha captado el momento del mordisco, ha atrapado toda la escena. Se podría averiguar la antigüedad de la acuarela sólo por la sangre derramada en ese deslumbrante chorro escarlata. Se podría saber si tu corazón estaba enamorado, o no.
¿Cuánto pides por la acuarela ensangrentada?, pregunta el aprendiz. No, ésta sangre no se vende contesta el maestro. Si acaso te la dejaría a cien mil euros. ¡Hala, qué bruto!, se asombra el aprendiz. Si es que pasa lo de siempre, que el Arte no está bien pagado, le contesta el acuarelista, cuando de pronto cae una mierda de pájaro en la acuarela.”




