“¿Dónde está el niño?”, preguntó el padre. “¿No estaba contigo?”, repuso la madre. Y el hijo no aparecía mientras las trompetas y los camello se alejaban, y la gente comenzaba a desenredarse en la Gran Vía.
“A mí los reyes me van a regalar una brújula”, decía una niña a su hermanito, que iba de la mano de su madre. “Por bruja”, replicó la madre sonriéndose. Entonces apareció él. “¡Qué chico más guapooo!, dijo la niña.
“¿Tenéis casa?”, le pregunto el niño a la niña”. “Sí”, le contestó la otra. Entonces el niño dio la mano a la niña, y dijo, “pues me voy con vosotros”. “¿Tú no tienes casa?”, repuso la niña. “Me he perdido”, dijo el crío. “Espera, que voy a presentarte a mis padres”, dijo la niña.
“Papá, mamá”, chilló: “Os presento a un niño perdido”. “¿Perdido?”, dijo el padre. “¿Cómo te llamas?”, dijo la madre. “Me llamo Jésus”, contestó el chaval, “con acento en la “e” –aclaró. “Pues hay que buscar a los padres de este niño”, suspiró la madre, “vamos al coche de los “munipas”, a ver si ellos saben algo”.
Mientras tanto, los padres del hijo perdido también se habían perdido. “Habrá ido en dirección a casa”, dijo la madre. “No es tonto”, dijo el padre. “Tú sí que eres gilipollas”, respondió la madre. “¡Te había dicho que te quedases con él!”. “No te oí entre tanto barullo”, se disculpó el padre, “Marifé, no te preocupes”, dijo después: “Seguro que está en la puerta de casa, esperándonos”.
“¿Alguien les ha informado?”, dijo la madre a la policía municipal. “Hay un niño perdido”. El policía contestó: “Vamos a usar los altavoces, señora”. Y por la Gran Vía se oyó: “Hay un niño perdido” y después, “se llama Jesús”. “Jesús no, Jésus, le corrigió el padre”. El policía repitió: “Hay un niño perdido, se llama Jésus. Cualquiera que lo encuentre que lo deposite en el coche de la policía municipal, encenderemos las luces”, y lo repitió varias veces, pero nadie acudía. Nadie escuchaba.
Al otro lado de la calle, los pandilla de los cinco interrogaban al niño Jésus. “¿No recuerdas el nombre de tu calle, ni tu teléfono?”, dijo la madre, antes de llegar. “No”, respondió Jésus. “Bueno igual tiene que pasar la noche en casa”, replicó la madre, “lo que me aterra es cómo estarán sus padres de preocupados”
“Imbécil, imbécil, imbécil”, repetía la madre. “No me insultes”, le advertía el padre. “¿Ves? ¡No está en el portal!”, chilló la madre: “¡Eres un cabrón, una mierda de hombre!”. Sin poder contener más los nervios, el padre le dio una bofetada. La madre comenzó a llorar.
“¿Sabes la dirección de tu casa?”, volvió a preguntar la madre. “Por allí”, contestó el niño, señalando con el dedo. Entonces la niña le dijo al padre: “Ya va siendo hora de que me des la brújula, ¿no papá?”. El padre le guiñó un ojo. Sacó de su bolsillo un paquetito y desenvolvió la brújula, rompiendo el lazo rojo de regalo. “Dirección, nordeste”, dijo el padre. La policía cogió el coche y el conductor siguió la indicación, mejor que en un “Tom-Tom”.
“¡Voy a llamar a la policía!”, gritó la madre: “Me has pegado, voy a llamarles ahora mismo”. Y de pronto, antes de que pudiera marcar el 0 noventa y algo –porque había ya tantos números de la policía que no se acordaba- el coche apareció por la carretera. Se detuvo y de dentro salió el pequeño Jésus, ante la mirada alucinada de sus padres. Rieron y lloraron. Ambos matrimonios. Hasta la mismísima policía. Luego la niña se despidió de Jésus.
“Cómo te llamas”, le dijo él. “Magdalena”, le contestó ella.
(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog “Como sujetar un cocodrilo” supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993); “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010), y "Esclavo de la luz" (Ed. Punto Rojo, 2013).




