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EL PERFUME DE ROSAS

¿Incorruptos? El debate y los enigmas sobre Pío de Pietrelcina

Cuando regresé a Roma desde aquel lugar especial de devoción y psicosis colectiva, recordé la expresión de serenidad de Bernadette Sforza y pensé en la naturalidad de sus argumentos siempre guiados por su fe inquebrantable.

Hechosdehoy / Germán Loewe
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Llegué a la gran esplanada de San Giovanni Rotondo, en Puglia (sureste de Italia) una bella mañana de septiembre de 2009, el día 23, aniversario de la muerte de Pio de Pietrelcina. El famoso Padre Pío, que murió en 1968, a los 81 años.

Me esperaba un coche con una guía, Bernadette Sforza, muy católica y devota del santo. Me identifiqué: – Soy Alessandro Gemelli, doctor en medicina forense.

Bernadette ya estaba informada: – Bienvenido, Doctor Gemelli. Su tío abuelo, que era sacerdote y un gran médico, conoció y examinó al Padre Pío. No sé si ésta es la causa de su visita. En todo caso será un placer mostrarle este lugar y la cripta del santo.

– Muchas gracias, le dije, la verdad es que la causa de mi visita es una intensa curiosidad por conocer este rincón de Italia, famoso en el mundo  entero por la figura del Padre Pío y por todos los dones y signos pretendidamente sobrenaturales que se le atribuyen. No le niego que el testimonio de mi tío abuelo, en este caso muy crítico, ha influido desde luego en mí y ha aumentado mi interés. Como yo, al contrario que mi tío abuelo, soy agnóstico, esto me permite contemplar el fenómeno con mucha objetividad. Sin perjuicio de la gran admiración que siento por la obra de este hombre, místico y fundador de un hospital para el “sollievo della sofferenza” (alivio del sufrimiento).

– Entiendo, Doctor Gemelli. Yo no soy tan objetiva, porque mi fe va por delante y sé que el Padre Pío fue un hombre santo, finalmente reconocido por la Iglesia. Pero suba al coche y empezaremos la visita.

Tras un breve recorrido estacionó su coche y me enseñó los edificios principales, en medio de una multitud de peregrinos que, según me dijo, pasaban de los ocho millones al año.

Pude ver el antiguo Convento de los Capuchinos, donde el fraile santo vivió 52 años, y a su derecha la iglesia de Santa Maria delle Grazie, donde decía unas misas interminables, por la morosidad y plena entrega con que vivía la ceremonia y donde asimismo confesaba sin descanso a los fieles.

Luego Bernadette me mostró el impresionante santuario nuevo, la llamada Iglesia de San Pío, que había sido construido pocos años antes bajo la batuta del famoso arquitecto Renzo Piano.

Una construcción de 6.000 m2, atrevida y muy moderna, al parecer la segunda mayor iglesia de Italia, después de la catedral de Milán. En definitiva, todo respiraba grandiosidad y glorificación de un hombre que siempre fue humilde y vivió toda su vida en una pequeña celda franciscana.

Bajamos al subterráneo del santuario y allí me encontré de repente, en la cripta y dentro de un sarcófago de cristal, frente al cadáver del Padre Pío, que la Iglesia Católica había decidido exhumar tras 40 años de su muerte y enterramiento, para exhibirlo temporalmente ante un torrente interminable de peregrinos emocionados y llenos de fervor.

– Quiero decirle, Doctor Gemelli, que el cuerpo del santo está casi incorrupto y su piel sigue rosácea como antes de morir. Además sigue el perfume de rosas que desprendía siempre en vida. Es un hecho milagroso que se añade a todos los que sucedieron  cuando el Padre Pío vivía aquí en San Giovanni.

– Oiga Bernadette, me han informado de que la cara del santo, que efectivamente se ve lozana y con su barba blanca bien peinada, es en realidad una máscara de silicona que cubre lo que pueda quedar todavía de su rostro original. Por lo tanto lo de la incorruptibilidad es seguramente una invención piadosa.

– Sabía que me hablaría de esto. Es verdad lo de la máscara de silicona, pero también es verdad que se ha comprobado científicamente que el cuerpo está en un estado general de conservación inexplicable, después de cuarenta años bajo tierra. Yo creo que Dios quiere preservar este cuerpo, no sé por cuánto tiempo, para demostrar a los fieles  que se trata de una persona que Él ha elegido como mensajero. Igual que ha sucedido con otros santos escogidos, como San Francisco de Asís (que tenía los estigmas como el Padre Pío) o San Francisco Javier, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Ávila o Santa Bernadette, la visionaria de Lourdes, por la que me pusieron el nombre. Todos estos santos – y varios más a lo largo de los siglos – han sido exhumados y siguen incorruptos, sin explicación natural. Comprenda que para una católica como yo esto supone un misterio que refuerza mi fe.

– Vamos a ver, Bernadette. Con todo mi respeto por su fe, a mí me parece todo esto pura superchería y la Iglesia haría bien en prescindir de tanta exhibición macabra de cadáveres que estarían mejor enterrados, para olvidar los cuerpos de una vez y en cambio no olvidar y exaltar lo hecho en vida por esos cuerpos. Ni existen pruebas forenses irrefutables relativas a la pretendida incorruptibilidad de todos estos santos, ni es tampoco descartable que en ciertos casos un cadáver no se descomponga como la mayoría. Se sabe que en criptas con aislamiento, sin contacto con el oxígeno y sin acceso de insectos se prolonga mucho el proceso. También sabemos los forenses que en un suelo húmedo y frío a veces se produce la llamada saponificación del cadáver que libera adipocera y puede mantener cierta tersura en los tejidos y hace que no haya rigidez ni sequedad, como sería el caso cuando hay momificación, natural o provocada. Además, si hubiera algo de cierto ¿por qué iba Dios a otorgar la incorruptibilidad a algunos santos y no a todos los santos? ¿Es que hay categorías superiores e inferiores de santos? ¿Y qué me dice de los hallazgos de cuerpos incorruptos no pertenecientes a santos ni a cristianos?

Más bien parece que la Iglesia Católica desde siempre ha cultivado esta especie de obsesión por mostrar cuerpos, trozos de cuerpos y toda clase de reliquias, en un afán de convencer así mejor todavía a sus seguidores de que Dios está con ellos y ellos son la única verdad. Y para eso seguro que no han dudado en mentir o quizás mentirse a sí mismos.

A mí como agnóstico no deja de parecerme una contradicción que una religión que predica la primacía del espíritu sobre el cuerpo temporal perecedero y que proclama como verdad revelada la vida eterna más allá de la muerte física, luego resulta que parece experimentar un placer casi morboso al empeñarse en exhibir algunos cuerpos que supuestamente escapan a las leyes físicas.

Mire Doctor, estos son sus argumentos de lógica humana o científica, pero yo le digo que los caminos de Dios son inescrutables. El Padre Pío vivió y murió en olor de santidad. Fue rechazado por varios Papas durante años, que se resistían a creer en sus milagros, en sus estigmas y en su don de bilocación (poder estar en dos lugares al mismo tiempo). Pero al fin fue reconocido por Pablo VI y luego Juan Pablo II  lo canonizó.

Conozco la historia, Bernadette. Y Ud. también sabrá que mi tío abuelo, sacerdote católico y médico forense, examinó los estigmas del Padre Pío y concluyó que se trataba de un místico psicótico. Hubo al parecer testimonios que relataban de sus compras de ácido nítrico y ácido carbólico para mantener sus heridas sangrantes y abiertas. Reconozco que es discutible haberse podido infligir tales heridas sólo por autosugestión y también sé que es casi imposible que escapasen a la gangrena antes o después. Pero en todo caso las heridas habían desaparecido cuando murió y eso puede significar para mí que nunca llegaron a existir permanentemente (él las ocultaba con vendas) y para Ud. seguramente significa que Dios las retiró de su cuerpo al morir, tan milagrosamente como cuando se las hizo aparecer en vida en 1918.

Sí, mi interpretación es la que Ud. dice. Hubo muchos testigos que vieron sus llagas en manos, pies y costado. Y hubo también testigos que certificaron la desaparición milagrosa sin rastro de sus heridas, después de expirar. ¿Es que todos estos testigos – algunos agnósticos como Ud. – mentían o se habían confabulado para mantener esta “superchería”, como Ud. la llama, ante el mundo?

Me temo, Doctor Gemelli, que la ciencia no tiene respuestas para todo. Tampoco para los no creyentes. He leído que hasta los mayores genios de la física – recuerdo por ejemplo los nombres de Planck y Einstein – tuvieron que reconocer que existe una mente superior, una conciencia universal. Y en tal caso, ¿por qué algún ser humano no podría estar más cerca de esta conciencia universal que la mayoría de nosotros y no podría tener la facultad de superar el orden natural? Lo que pasa es que es algo muy difícil de concebir.

Yo creo que el Padre Pío y Bernadette de Lourdes, entre otros, tenían esa capacidad de conectar con Dios, o sea con la mente superior. Y acepto que otras personas privilegiadas de cualquier otra religión en el mundo, puedan tener esa facultad. Porque pienso que ellos, sin saberlo, también siguen a  Jesucristo.
 
Cuando emprendí el regreso a Roma desde aquel lugar especial de devoción y psicosis colectiva, recordé la expresión de serenidad de Bernadette Sforza y pensé en la naturalidad de sus argumentos siempre guiados por su fe inquebrantable. Y recordé con verdadera emoción el impacto que me había hecho el Padre Pío. Mejor dicho, el cadáver del Padre Pío. También a mí me había golpeado en cierto modo el fetichismo que impregnaba todo aquel ambiente. Porque al final, tanto a Bernadette como a mí, lo corpóreo, visible, tangible y quizá poco explicable nos conmociona como seres de carne y hueso, de sentimientos y emociones más allá de argumentos racionales, científicos o religiosos.

En eso todos nos parecemos.
 

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