Seguramente está mi mente alojada en el vientre de una ballena, qué pena, muchacha qué pena, y que tortura más plena la del hombre enamorado que en el vientre de una sirena ha encallado su velero; de altos mástiles, navegante, de vergas que se ven altas en el horizonte para el mar no hay otro monte más alto que de tu luna llena.
Cuando desapareces en el mar, cuando te conviertes en sirena aulladora de barco mercante, y tus cabellos negros son como el vapor de la gran chimenea, yo me quedo en la orilla esperando como un perro nervioso porque su amo se ha metido en el mar.
Una semana de vacaciones está a punto de terminar y yo tengo que dejarte, bellísimo mascarón de proa de barco pirata, dejarte a la deriva, tal vez iluminada por el fuego de un amor que nunca se olvidará, un fuego que no quema.
Fuego azul de rescoldos de cielo que abrigaron nuestras ventanas blancas durante estas –quizá inolvidables- vacaciones.
Ojalá nos lleve el viento de vuelta a casa como pétalos de rosa blancos que atraviesan el cielo en forma de surcos blancos de lo aviones que entran y salen de la Isla.
Bésame el cuello de mi chaqueta blanca y deja marcada la imprenta de tus carnosos labios rojos. Y cuando vuelva a la oficina diré: “Rodríguez, hágame una fotocopia de este beso de carmín que quiero enseñárselo a mis amigos, el subdirector, y le presidente.




