Stavros releyó la nota una vez más y luego se dejó caer en la butaca y cerró los ojos. En aquel momento sintió deseos de no volver a abrirlos, de dejarse flotar en la nada. Ella tenía razón, siempre la había tenido. Y él era un imbécil, un caprichoso egoísta, incapaz de responder de verdad al amor y a la lealtad de ella.
Ahora todo parecía perdido. La Hélade endeudada hasta la eternidad, tras varios rescates como gotas en el océano. El país empobrecido y sin alternativas, ni siquiera con Siriza. Había que seguir en el Euro, pese al tremendo error de entrar en él. Ahora una salida sería un trauma insuperable, para Grecia y para Europa. O sea, para la madre que le dio el ser a Europa y para la hija que no se puede emancipar de su matriz.
Ariadna, su esposa, no lo supo hasta que ya no tuvo remedio. Ella, como abogado del Estado y economista, podía haberle ayudado, aconsejado. Pero Stavros se lo ocultó. Siempre le ocurría lo mismo, su incapacidad para abrirse, comunicarse, y luego el arrepentimiento.
Stavros recordó el mito. Él pudo haber sido Teseo, hijo de Egeo, rey de Atenas, en busca del Minotauro, el monstruo de cuerpo de hombre y cabeza de toro, que habita en el Laberinto de Creta. Su ambición era vencerlo, pero sólo lo pudo conseguir con el amor de la hermosa Ariadna, hija del rey Minos, que le ayuda dándole un puñal mágico y un ovillo para no perderse en el laberinto. Ariadna cree ciegamente en él y en su lealtad. Pero él, Stavros, director de la Auditoría Nacional de Grecia, utiliza el hilo del ovillo para recorrer otro camino.
Su amigo Goldman, judío americano de los tiempos de Berkeley, le ayuda a falsear las cuentas públicas, para entrar en el club del Euro. Teseo no le muestra su verdadera cara a Ariadna y antepone su ambición de poder a su lealtad y complicidad con ella. Cuando Teseo sale del laberinto, huye de Creta en compañía de Ariadna, que le admira y no sabe la realidad. Teseo la deja dormida en una playa en Naxos y, obedeciendo a impulsos ingobernables, emprende otros caminos para regresar a Atenas.
Ariadna despierta un día, como en la playa de Naxos, cuando descubre una carta de Goldman. Entonces su confianza se derrumba y ya no puede creer en Stavros. Él se desespera y reconoce su ocultación, provocada por el miedo a decepcionarla y perderla. Él sabe que la quiere y siempre la ha querido, pero su naturaleza egoísta y cobarde le ha impedido actuar rectamente, con lealtad y afrontando de cara las consecuencias de su error, en coherencia con sus sentimientos más profundos. Luego además vino el despilfarro de las ayudas de la Unión Europea, que pasaron por sus manos y que siempre supo contabilizar a su conveniencia.
Él reflexiona y sabe que ella siempre ha estado ahí a su lado, ayudándolo a dominar a su propio Minotauro de egoísmo y tentaciones; siempre le ha ofrecido la salida de sus propios demonios, el amor de su ovillo con el hilo conductor para guiarle fuera del laberinto. Pese a ello él la deja al margen de sus apetencias, como en las playas de Naxos.
Pero la sigue queriendo como a nadie (excepto a sí mismo, como diría ella) y no puede permitir que venga el dios Dionisos a llevársela para darle la felicidad que él no supo darle. No. El mito se acaba aquí. Porque, al contrario que en el mito, Stavros (Teseo) no puede dejar de amarla y no tiene otra meta en su vida, más que estar a su lado. No le interesa el poder de Atenas, no persigue pompa ni gobierno. Sólo sabe que su sitio está junto a ella.
Pero ¿cómo restablecer lo roto? ¿Cómo deshacer los efectos letales de la desconfianza? Una vez ésta se ha instalado en el corazón y la mente, parece que arrincona y expulsa a su contrario, la confianza, que se queda expectante, en tierra de nadie, incapaz de recuperar su puesto.
Stavros piensa eso. Desea merecer de nuevo amor y credibilidad, como le ocurre a su país. Quizá sea demasiado tarde. ¿Cómo vivir sin Ariadna?
Pero ella ha sufrido mucho y su decepción es tan grande, que su capacidad de amar y de perdonar está como trabada, amordazada. Por eso él piensa que es inútil convencerla con palabras huecas, si los hechos las desmienten. Es inútil querer expresar lo que se siente en lo más hondo, porque ese mensaje llega adulterado por actitudes contradictorias con las del hombre de una pieza por el que ella le tenía. Y es evidente que él nunca fue de una pieza, sino de varias.
Su vida siempre fue un rompecabezas, cuyas fichas no lograban encajar del todo. Una mezcla de sentimientos sólidos y racionales, amalgamados con impulsos inconscientes y deseos voluntaristas. Pero lo que más le asombra cuando se autoanaliza, es cómo bajo esa naturaleza poliédrica y relativista persiste siempre con fuerza rectilínea su pasión por Ariadna.
Tal vez si ella pudiera comprender esto, si fuera capaz de sentirlo y de borrar la imagen del Teseo heróico y salvador, para cambiarla por la del Stavros real, inseguro, voluble, apasionado, pero enamorado sin remisión, tal vez entonces podría también ella avivar las ascuas del amor que le queda y renovar sin reservas su relación con él.
“Ya estoy soñando una vez más”, piensa él. Pero necesita soñar y desear, porque afrontar la realidad, tal como ella se la describe, es aceptar que no hay salida y renunciar a lo único que de verdad tiene valor en su vida.
De repente comprende que debería implicarse a fondo para ayudar a su país y así también se ayudaría a sí mismo ante Ariadna. Quizá si lo hiciera, ella volvería a amarle como cuando le vio por primera vez al desembarcar en Creta. Y entonces rompería definitivamente sus lazos con el dios Dionisos, que Afrodita le había enviado para consolarla en su desesperación por haber perdido a Teseo.
Stavros vuelve a abrir los ojos y un destello de esperanza asoma en ellos …





