Cuando lava la copa con agua tibia, me parece como si me estuviera haciendo un lavado de pulmones, como si lo que acabó de tomar fuese acariciado entre sus yemas, como si mi alma respirase sus huellas digitales en el vaso.
¡Ah…. Inercia! Sé que tienes compañero pero yo me he inventado que seas tuya y que no nos casemos en marzo de dentro de unos cientos de miles de millones de años, que es el tiempo de los astros cuando se alejan. Puede ser tanto, o tan sólo un segundo, o tan solo una copita de whisky lo que nos separa en esos instantes, cuando me das los cambios con esa sonrisa que me recuerda a: Lucy in the sky with diamonds…
Inercia, cuando frené el automóvil robado salí disparado por el parabrisas y me dieron 70 puntos en el cráneo, por eso estoy un poquito calvo. Me acabas de servir la última copa de blanco – tan sólo bebí una en tu bar- y cogí el auto, en el buen sentido de la palabra. Lo demás no lo recuerdo muy bien, tan sólo tus manos finas con sus uñas carmesíes –como de cachorro de tigresa- lavándome la herida, y aplicando después la aguja de sutura durante 70 años seguidos.
Por eso escribo, por Inercia. Porque sé que el movimiento cinético me volverá a llevar junto a ti en un abrazo supremo de rubíes y llamas del cielo, chocaré una y otra vez, evaporado en una sola nube en forma de hongo atómico de la que tú también formarás parte cuando neutrones y protones se unan, y tendremos neutrinos, o yo qué sé, ni me importa.
Tan sólo perdí una nota bajo la base de la copa. Decía: “Tienes unas manos preciosas”, y justo cuando la levantaste para lavarla y viste la dedicatoria bajo la suave capa de vino cristalino yo me estampaba como un cohete a tres mil kilómetros de ahí con mi Porsche negro.
Como no quiero que éste articuento se haga realidad, seguiré visitándote, en mi etéreo plasma, y te pediré siempre que pueda mi copa de vino blanco, dulce, como tu lengua -tan dulcemente hablada- como tus piernas, como tu espalda, fino cuadrilátero de un combate en donde ya no recuerdo si hubo algún tatuaje que me nombrase sin siquiera reconocernos. Ahora me queda la cicatriz.
Para acabar con nuestra relación de ilusionistas, me susurro al oído que la democracia real no existe, puesto que yo -por plebiscito interno- querría tenerte sólo para mí antes que nadie.
Y entonces tú no dejarías tus manos en las barras del bar, o mejor dicho, el bar se quedaría sin tus manos.
Soy un avaricioso.




