La prisión, dijo, no le parecía aburrida. Muy por el contrario. Todos los reclusos se ayudaban entre sí, excepto los que no la hacían.
Aquellos eran temidos y a veces admirados. Se bastaban por sí mismos. No necesitaban de guardaespaldas, ni de estiletes fabricados con boli Bic. Se movía como Pedro por su casa, sin observar los ojos que le miraban atentamente desde las celdas por donde sus pasos retumbaban. Su porra le daba seguridad, y firmeza.
Así se hizo guardián de prisiones. Así se hizo preso de confianza. Así se hicieron las cosas cuando no hubo otro remedio. Y comprendió que en las cárceles se podía dejar las puertas abiertas si el habitante de la celda era de confianza.
Pero había algunos que ni siquiera estaban en su cubículo. Las celdas les añoraban menos. ¿Con quién vamos a rellenar éstas que faltan?, se preguntaban los funcionarios de prisiones. Y escogían al perfume del azahar que flotaba en las calles de la gran urbe española.
Un día fue a visitarle su familia. Le dijeron: Te echamos tanto de menos, tanto… Deja ese trabajo. Pero él aseguraba que iba a salir bien parado de aquello. Bien detenido en algún lugar de ensueño, dónde todavía le quedaba algo de dinero para vivir sencillamente durante el resto de sus días.
¿Y la condicional?, dijeron los padres. Sí, contestó él, pero con una condición. Que no tenga que volver a trabajar, ya he robado mucho.
La familia volvió a casa, en el norte, y se puso a trabajar.
Abrieron varios comercios con ayuda de otros familiares, amigos, y conocidos. Amontonaron el dinero suficiente para seguir intentando que le destinasen a su casa. Más la justicia, tan justa la justicia, no estaba de acuerdo, y clamaba venganza. No tenía visión de futuro, era ciega, tan sólo entendía de leyes y legajos. Y de protestas populares y de manos negadas.
Mientras tanto, el hijo esperaba. Fabricaba punzones con los cepillos de dientes que regalaba a los otros presos. Cualquier día saldremos solos de aquí, decía. Pero los más problemáticos no estaban de acuerdo con aquello. Veían entrar y salir a la gente como Pedro por su casa, repeticiones que les llevaban al hastío, y hasta la autocompasión.
Sin embargo, se diría que ni el hastío ni el arrepentimiento ni la penitencia les eran suficientes para romper los barrotes.
Ni siquiera el perdón de Dios.




