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BRECHT, WESTY Y LINDA

El paseador de perros… c´est la vie

Y ahí me tienes, cada día, liado con tres correas a cuyo extremo tira una bestezuela con la lengua fuera. Al principio me daba un poco de vergüenza.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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He acudido a la tienda de animales donde vi el cartel que reclamaba un paseador de perros. Y bien, ya tengo tres perros a mi cargo. Brecht es un setter inglés, y su dueña, una joven secretaria. Westy, el pequeñajo, es un West Higland. Es propiedad de una vendedora de muebles. Por último, Linda es una ratonera juguetona, cuya madre, por decirlo de alguna manera, es una anciana bastante agradable que vive con su hijo.

No han tardado nada en acostumbrarse a mí. Ya me esperan todos los días a la misma hora tras la puerta, ladrando y arañando, puesto que saben perfectamente cuando llego. Una vez que los he recogido a todos, emprendo un paseo de una media hora, llevándolos a los tres como puedo.

Al principio hubo problemas entre Brecht –a todas luces han escogido el nombre abriendo el diccionario por cualquier parte- y Westy. No se llevaban demasiado bien. Linda intentaba poner un poco de calma entre los dos con su, llamémosle, don de perros, pero no había manera. Cuando se conocieron, los dos machos tuvieron una trifulca y se propinaron unos cuantos mordiscos.

Y ahí me tienes, cada día, liado con tres correas a cuyo extremo tira una bestezuela con la lengua fuera. Al principio me daba un poco de vergüenza. Ni siquiera me detenía a hablar con otros paseadores de perros que también vienen por el parque. Pero son buena gente. Ahora suelo charlar a menudo con un chico gordo, que viste camisetas negras de Metallica cuando lleva a los perros de paseo. De aspecto me recuerda a una portada de Fat Boy Slim. Es un tío abierto y desenfadado que por lo visto acaba de abandonar sus estudios, y se ha ocupado en lo primero que ha encontrado.

No es raro que yo, que venía a Barcelona a buscarme la vida de creativo publicitario, guionista o algo así, haya acabado paseando perros. C´est la vie. Descuida, no dejo de escribir con cierta disciplina, y ya he superado ese orgullo mal entendido que nos puede llevar a todos a una ruina peor que todo lo imaginable. Por extraño que parezca, mientras paseo a los perros se me ocurren ideas.
Un beso elevado al Infinito, te echo de menos.

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