Le llamaban Amnesty.
Cogió su pistola y apuntó a aquél sucio embustero que propagaba la hiel en el poblado.
Le dijo: “A partir de ahora serás forastero en tu propia casa, si no te largas en menos que me tomo un vaso de leche merengada”.
El otro ni se inmutó: ¡Era Amnesty, el propio Amnesty, de fama internacional, quien le estaba apuntando!
-Creo que usted se ha confundido de persona, amigo –le dijo.
-Por el contario, eres tú. Johnny, ¿no recuerdas nuestras últimas aventuras?
-¡Maldita sea, Amnesty, me has puesto los cojones por corbata.
-Je,je -rió Amnesty-. ¿Y Báxter?
-Lo mataron, no tuvo tanta suerte como nosotros.
Amnesty reprimió un escupitajo. La caldera de bronce se quedó sorda.
-Tómate un trago para celebrarlo, Johnny.
-Una Coca cola.
-Cada vez me sorprendes más.
-Es negra, como la cerveza.
-¿Me ha llamado usted negra? –dijo la meretriz que se había acercado a ellos.
-Espere un poquito señorita, ahora arreglo las cosas con usted.
La dama sonrió.
-¿Cuántos quedamos?- le preguntó Amnesty al otro.
-Somos millones –dijo Johnny- . No podrán acabar con todos. Ni siquiera en el Rancho de las 7 millas.
-No sé a qué te refieres-, dijo Amnesty.
-Mejor, replicó Johnny -. Adiós compañero, me voy con la dama.
-Adiós. Que su cama te sea leve –replicó Amnesty, de fama internacional.




