En sus últimas intervenciones parecían la chica de la lejía: “Tranquilo, vengo del futuro para anunciarte que se avecina un cambio en Europa”. Y se quedan tan anchos.
Los augurios de la clase política son un producto manufacturado para los medios, y muestran una nueva herramienta: la profecía. Queda claro con ello que, a pesar de los siglos de evolución humana, los políticos no están tan lejos del brujo de la tribu, que dibuja en la caverna a los cazadores y a los animales que van a ser cazados, pero esta vez ha ido mucho más allá.
Se han convertido en los oráculos de los clanes, son los chamanes, y aparecen en medio de las críticas que han suscitado para declarar, o mejor dicho, pronosticar la felicidad, y de lo otro no hay más que hablar.
Por eso la actualidad política cambia tanto día a día: para dejar el pasado atrás y no hacer el ridículo. De hecho, cuando más o cuando menos, uno dice: “Tengo una visión”, cae en estado de éxtasis, y mantiene ocupados durante unos días a los medios de comunicación.
En fin, que no teníamos suficiente con la profecía de Malaquías según la cual éste es el anteúltimo papa, ni con la misteriosa manipulación del calendario maya, que terminaba en el año 2012 y no pasa nada, para que ahora los políticos luchen en la arena de sus votantes, y vean un futuro de satisfacción chantajista en su bola de cristal.
La profecía como arma, el uso del miedo para conseguir fines políticos se confirma como una ancestral forma de manipulación. El brujo de la tribu aparece y , hace cameos cuando la situación lo exige, consigue la atención de los medios con unas cuantas chispas en la hoguera, y se vuelve a ocultar en su caverna. Lo malo es que quien se emperra en una predicción al final quiere que se cumpla a toda costa. La tribu debería tener en cuenta que su brujo es eso: alguien que persigue el poder.




