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EL TALENTO DE LOS MATA-ÁRBOLES

El alma de los árboles (que dan cobijo, belleza y oxigeno)

El castaño de indias, el auténtico protagonista de ese rincón de la ciudad, no resistió la pulcra capa de asfalto que corrompía sus raíces, atenazaba su tronco y le asfixiaba.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Frente a la casa de mi niñez, había un castaño de indias. Era un hermoso árbol más que centenario –doscientos o trescientos años- que yo amaba por la impavidez con la que soportaba el humo de los coches. Era un árbol sereno, hasta tal punto que su calma era contagiosa para los viandantes, que inconscientemente posaban durante unos segundos su mirada en las hojas verdes, descansando los ojos durante un instante, el tiempo que tarda en remontar el vuelo un gorrión. ¿Cuál era la función práctica del árbol? Supongo que, sencillamente, estar ahí, aguantando el paso del tiempo.

Por desgracia, un árbol no estaba considerado monumento de interés nacional, ni siquiera local. El hermoso castaño de indias, que lo había resistido todo, sufrió en sus entrañas la remodelación de la plaza, que incluía una especie de asfaltado de color rojo. La plaza quedó monísima, pero el castaño de indias, el auténtico protagonista de ese rincón de la ciudad, no pudo resistir la pulcra capa de asfalto que corrompía sus raíces, atenazaba su tronco y le asfixiaba. Acabó muriendo.

Este ejemplo es quizás demasiado sutil para ilustrar el talento de los mata-árboles. Desde un despacho, decidían cuándo era necesario eliminar tal o cual árbol, o un montón de ellos de una sola vez. A veces el vecindario se extrañaba, pero la cosa no llegaba a mayores, porque se talaba con sigilo, y porque un día, cuando los vecinos se levantaban de su cama, el árbol, o los árboles, ya no estaban allí. Simplemente, habían desaparecido. Nadie era tan ingenuo como para pensar que los habían replantado. ¿Reciclaje? Esos árboles iban directamente a la basura.

A veces, en lugar de los árboles anteriores, frondosos y con un largo pasado, plantaban arbolitos nuevos, enclenques y tímidos, y seguramente eso les justificaba, porque antes sólo había un árbol grande, y, sin embargo, después había cuatro arbolitos pequeños. ¿De qué nos quejábamos? ¿Acaso no ganábamos con el cambio? ¿Qué hubiera preferido usted: el árbol, o el aparcamiento? Por supuesto, su opinión tampoco importaba. Nadie hacía nada para evitarlo.

Ver un camión lleno de árboles que han sido arrancados de cuajo y que van camino a ninguna parte era un espectáculo triste. Uno se preguntaba para qué sirvieron, y si sólo llenaron por unos meses una callecita de la ciudad, como adornos de quita y pon, oropel urbano, simples deshechos orgánicos de una fagocitación metropolitana. Su destino, desde el principio, era ser arrancados el día en que el valioso suelo lo exigiera. Porque esos arbolitos, algunos de los cuales sustituyeron a otros mayores, eran prescindibles.

Menos mal que la cosa está cambiando. Últimamente se empieza a ver los árboles como esculturas urbanas, valiosas e insustituibles. Árboles que dan cobijo, belleza y oxigeno. Arboles con alma.


Enrique Mochales es un excéntrico de la literatura. Después de estudiar Bellas Artes dio el salto y se dedicó a escribir libros de relatos cortos, novelas y poesía, con los que consiguió varios premios literarios. En el colegio, fue descalificado del concurso de redacción de Coca Cola, porque no creían que un muchacho de tan corta edad fuese a escribir como un adulto. Vive en Bilbao.

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