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El Mensaje. Primera Parte: El Encuentro en Barcelona
El restaurante A Figueira de São Paulo es una institución. Se halla ubicado en el centro, en uno de los barrios comerciales más exclusivos de la megalópolis brasileña. El restaurante debe su nombre a la higuera gigantesca que lo cubre y cuyas enormes ramas le sirven de techumbre.
Allí está cenando Eusebio Varela con dos colaboradores de su delegación en una noche cálida de verano, en pleno mes de enero. Ha pasado algo más de un año desde que vivió primero los días más felices de su vida y luego los peores, los de la humillación y el desengaño. Todavía no ha digerido lo que sucedió. Todavía piensa en ella con una mezcla de rabia y de nostalgia.
Aunque sabe que ya nada tiene sentido, desde que ella desapareció sin dejar rastro.
Mientras oye las voces de la gente a su alrededor, no puede dejar de rememorar una vez más todo lo que sucedió entonces, después de recibir aquel WhatsApp en su móvil. Y recuerda que lo primero que intentó desesperadamente fue localizar a Manuela por teléfono. Al no conseguirlo, se dirigió al piso de Santa Fe de Nuevo México, pero como era un sábado la finca estaba cerrada.
El lunes, el portero le dijo que no conocía a ninguna Manuela Andrade y que el piso en cuestión era propiedad de un ruso, el Sr.Treskow, que vivía en Moscú y tenía este piso amueblado y en venta desde hacía unos meses. Sabía que de la venta se encargaba un API, un tal Héctor Antúnes, que era el que tenía la llave y nunca le quiso dejar dirección o teléfono de contacto.
Al día siguiente, movido por un súbito fogonazo de sospecha, Eusebio se fue a ver al director de su banco, para averiguar si el cheque bancario de 325.000 € que le habían entregado con cargo a su cuenta, había sido cobrado.
– Mire Ud., Sr.Varela, efectivamente sabemos que el cheque fue ingresado en una cuenta corriente del banco que Ud. me ha mencionado. Pero lo más sorprendente del caso es que tenemos un aviso del Banco Nacional da Angola en Luanda, anunciando una transferencia vía Swift a su cuenta corriente con nosotros, por ese mismo importe, 325.000 €.
– ¿Saben quién es el ordenante, o consta en ese aviso algún tipo de concepto o explicación?
– Sí, Sr.Varela. Como ordenante figura una tal Manuela Andrade. Pero lo más enigmático es el concepto: “Não posso”.
La policía intervino, porque Eusebio la alertó, aunque después de todo no había habido robo.
Héctor Antúnes, registrado como API en un pequeño despacho de Barcelona, había desaparecido repentinamente. Gracias a Interpol se supo que cambiaba con frecuencia de identidad y era un experto falsificador de todo tipo de documentos. Tanto la escritura de concesión del crédito hipotecario, como la de propiedad del piso de Manuela eran inexistentes.
A Héctor Antúnes se le había visto con alguna frecuencia acompañado de una mujer morena y atractiva, que le visitaba en la pensión donde residía. De Manuela Andrade sólo se sabía que hacía pocos meses que trabajaba como profesora de portugués en el Instituto de Estudos Brasileiros de Barcelona y luego había desaparecido. Al parecer, su nombre era falso y no se la pudo identificar como ciudadana de Angola.
Habitación del hotel Boavista en Luanda, mes de enero. Suena el teléfono y la mujer responde:
– Hola, ¿quién habla?
– Soy Héctor, te llamo desde Lisboa.
– Hola Héctor. Llegué aquí hace dos días. Todo en orden en el banco. Se ha recibido el paquete. Así que espero tu llegada. Adiós, un beso.
Eusebio Varela va sorbiendo una cerveza, rodeado de voces y conversaciones, bromas y carcajadas, en la terraza sombreada del restaurante A Figueira.
¿Por qué me devolvieron el dinero?
¿O quizá sólo fue ella la que me lo devolvió?
Y en ese caso, ¿cómo lograría ella burlar a su cómplice?
¿Por qué me lanzó el mensaje de que “no puedo”?
De repente Eusebio reconoce a alguien al otro extremo de la terraza, cerca de la barra del bar. Es una mujer rubia. Viste el uniforme de camarera del restaurante. Es ella, está seguro. Se levanta bruscamente y corre hacia la mujer, que ahora está esperando una bandeja y le da la espalda.
– Manuela, ¿qué haces tú aquí? ¿Me recuerdas?
– Disculpe Senhor, você está errado. Eu não sou Manuela, sou Amalia e não conheço você.
– Pero Manuela, aunque ahora seas rubia, ¿cómo puedes pensar que yo me pueda confundir? ¡Es imposible!
– Senhor, isto é uma confusão. Disculpe, agora tenho que fazer o meu trabalho.
Ella se da la vuelta y se encamina nerviosa hacia la cocina, mientras sus ojos se llenan de lágrimas …