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YA NO TE QUIERO

El juego del amor, del desamor y sobre todo del coqueteo

¿Nadie recuerda ya el hinque, las cuatro esquinas, la peonza y el yoyo? Fútbol. ¿Nadie se acuerda del truquemé, del balón quemado, del teléfono, del txorromorro? Fútbol.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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El fútbol comenzó como un juego, después un deporte, y más tarde un macro-negocio. Muchos deportes han comenzado así: siendo un juego. Y el juego empezó jugando. Lo mismo que los animales aprenden a cazar jugando, los hombres aprendieron a jugar cazando.

Según la Wikipedia, “los juegos tradicionales se realizan sin ayuda de juguetes tecnológicamente complejos, sino con el propio cuerpo o con recursos fácilmente disponibles en la naturaleza (arena, piedrecitas, ciertos huesos como las tabas, hojas, flores, ramas, etc.) o entre objetos caseros (cuerdas, papeles, tablas, telas, hilos, botones, dedales, instrumentos reciclados procedentes de la cocina o de algún taller, especialmente de la costura). También tienen la consideración de tradicionales los juegos que se realizan con los juguetes más antiguos o simples especialmente cuando se autoconstruyen por el niño”.

El amor es otro tipo de juego, sobre todo el coqueteo. Pero cuando el coqueteo se transforma en compromisos, unión y vida en común ya es otra cosa. Por ejemplo, cuando los celos entran por la puerta, el amor sale por la ventana. Y cuando uno de los amantes deja de amar o desear al otro y se busca a una sustituta/o que le haga sentir como se sentía cuando jugaba, el amor vuelve a ser un juego donde la antigua compañera/o de juegos es fustigada por el látigo de la más amarga indiferencia.

Ésa es la parte más dramática del juego, el juego del desamor. Citas furtivas, pasión a escondidas, absorben a la antigua pareja y la convierten en un trío uno de cuyos ángulos es fino como un cuchillo. Y el cuchillo no reconoce a su amo. Llega el juego de la separación y el divorcio, cuando no el peor de todos, el de la comodidad, del que se pretende que las cosas sigan como si nada hubiera pasado, como si nada pasase, excepto el respeto a un acuerdo tácito, unas normas no escritas, que forman parejas de seres congelados en el tiempo y en el espacio.

Los hijos, si es que los hay, se acostumbran a esto sin saber siquiera a qué se está jugando, y preguntándose si son culpables de algo. Pero, ¡qué difícil es explicar el juego del desamor a un niño, cuando él puede ser precisamente uno de los responsables de que la temperatura ideal del congelamiento se mantenga! Pocos padres y madres lo consiguen, de tal manera que a veces crecen monstruos en las familias, o, si lo han entendido, auténticos ángeles que conservarán un sexto sentido, el de la comprensión, durante toda su vida.

En estos casos habría que saber retroceder en el tiempo y pronunciar las palabras mágicas:

-Ya no te quiero. Quiero a otro.

-¿Quién es el otro?

-Yo.

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