Había una vez una amiga que era fibromiálgica (electroencefálicoforme, o algo así) y que se acostó en su sofá. Poco a poco, se fue hundiendo y hundiendo en el foam, hasta que llegó al suelo. No se estaba tan mal ahí, pero el caso es que en el suelo –caray- se hundió de nuevo. Cayó al piso de abajo, y al de más abajo, y al de más abajo (tan alta era la especie de torre en la que vivía que, cuando pasaban nubes, a éstas les salían sin querer escupitajos de risa y a veces llovían peces recién almorzados).
En fin, que de piso en piso, como una gotita de mercurio, fue bajando, púm, púm, púm -mientras saludaba a los vecinos entre costalada y costalada- hasta que acabó en el portal, pisando tierra y despeinada y, lo peor de todo, en zapatillas. ¡Estaba muy, muy cansada! Como no tenía las llaves en su bata, se fue a una pensión a dormir y pasó la peor noche de su vida. Soñó que a la mañana siguiente no podría despertarse.
Por la mañana, efectivamente, no lograba despertar, pero, de pronto, llegó su amante (que la había estado buscando por todas las pensiones de la ciudad) y la miró, desnuda sobre la cama. La había localizado al fin con un rastreador de sueños fibromiálgicos electroencefalográmicos (ya podían los psiquiatras ponerle un nombre más sencillo a la cosa) y la felicidad le rozó con las alas, como un pájaro que hubiese entrado en el cuarto. Para que se levantase de una vez por todas ¡muá! le dio un beso mágico y le acarició el cabello, frondoso, ondulado y brillante.
Sí, un beso mágico, ni negro ni blanco, sino multicolor (semejante a un arco-iris con tesoro) que la despertó con la dulzura del perfume del pan blanco y del café recién hecho. Ella se dio cuenta de que alguien la quería –fueron quizás sus papilas gustativas que lo dejaron bien claro- y se curó por un día, con ese beso aromatizado al frescor de la mañana, sólo por un día, pero un día memorable. Comieron sardinas asadas y ensalada en una cervecera, pasearon por la ribera del Nervión y visitaron la exposición del Guggenheim, para acabar tomando el sol en el parque de Doña Casilda, y después disfrutar de la sombra debajo de un tilo centenario.
“Se me acaba el tiempo”, dijo de pronto ella, “tenemos que volver a casa”. “Bueno”, razonó él, “reconoce que la jornada no ha estado tan mal. Cualquier día de estos saldrá en los periódicos que se ha encontrado una solución a tu mal. Además, ocurra lo que ocurra, me tienes a mí: yo no te abandonaré nunca, siempre estaré a tu lado”. Dicho esto ambos se marcharon a casa, donde cenaron frugalmente y se echaron a dormir.
¿Y el sofá? Lo mandaron remendar por un artesano egipcio que le hizo un bordado de oro, y, a partir de entonces, lo usaron solamente para hacer el amor cuando les daba la gana. ¡Y la cama la dejaron para soñar! Acostado, acostado, este cuento se ha acabado. Ahora me voy a quemar un libro de Freud.




