Íbamos en avión y de pronto un enorme trueno hizo temblar la carlinga. Cuando descendimos en el aeropuerto, le dije a un tipo: "¡Podríamos haber muerto!"; y él me contestó: "¡Eso es lo que hemos hecho, amigo!".
“¿Acaso no ves a tu mujer esperándote angustiada? ¡Hazla una señal con la mano, hombre!”
“Usted miente, estoy vivo”, dije.
“Quién podría jurarlo”, repuso, “quién podría decir que en otro universo esté muerto ya tras el accidente”.
“¿Accidente?” –repuse-. “¿Qué accidente”. El que acabamos de sufrir nosotros, caballero: la muerte, me dijo, con un gesto grave en su rostro de celofán multicolor arrugado.
-Pero la muerte no es un accidente, no se come calentita como la pasta al dente –y perdón por el ripio- , no es ni un pasado reciente, sino seguir aquí, bajaremos del avión, y nuestra mujer se tranquilizará y volveremos todos a casa.
“Usted lo ha dicho amigo, eso es la muerte.”, dijo el tipo, antes de bajar del avión y de desvanecerse en la cinta transportadora de maletas de sueños, probablemente viajaba dentro de una Vuitton de lazo rojo en la manilla, porque llegó un mayordomo y ordenó al mecánico que les trasladasen a casa para el baño de burbujas iridiscentes del señor.




