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SOFISTICADO

Dos de las mujeres más bellas del mundo y un gato negro

Mustafá tenía un problema: le gustaban las mujeres, y, pese a ser la suya una de las más bellas que he visto en mi vida, la había engañado multitud de veces, con otras más exóticas aún.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Conocí a un par de iraníes que vivían en la Provenza francesa, Karim y Mustafá. Vivían dibujando caricaturas para los turistas cerca del Palacio de los Papas.

Mustafá tenía un problema: le gustaban demasiado las mujeres, y, a pesar de ser la suya una de las mujeres más bellas que he visto en mi vida, la había engañado multitud de veces, con otras más exóticas aún. Así que estaban en trámites de divorcio.

Recuerdo que yo por entonces “nadaba” por el río de la vida con una sueca, Hannah, otra de las mujeres más hermosas que he conocido en mi vida.

Una noche, no teniendo dónde dormir, los iraníes me ofrecieron una de sus tiendas de campaña, en un camping junto al Ródano, frente al puente de Avignon. Se cuenta que el puente de Avignon nunca se terminó de construir porque el diablo le puso un precio al arquitecto por el éxito de la obra, y éste, en lugar de dejar a su primogénito a la deriva en las aguas del Ródano como quería el diablo, puso un gato negro en su lugar.

Cuando la cesta con el gato pasó por debajo del puente, éste se derrumbó. Y no se pudo volver a construir otro. La realidad es que la corriente del Ródano, caprichosa, no admitía un puente en ese preciso lugar donde sobrevenía con fuerza la crecida.

Por la noche, amé a Hannah, pero me pareció que pesaba demasiado por tener un amante perdido prendido a sus espaldas. Aquella mujer, por la cual cualquier hombre hubiera hecho lo posible y lo imposible, aún seguía enamorada de otro, precisamente de origen latino.

Recalco que la hospitalidad de los iraníes fue espectacular. Nos habían invitado a un cuscús con salchichas –no sé si de cerdo o de ternera, pero tampoco se lo pregunté- y me habían recordado que Irán era un país grande que tuvo mucha relación con Francia cuando la época del Sha: “Ladrón de Persia”.

Hannah, “la sueca”, y yo nos escribimos durante unas semanas, y luego perdimos el contacto. Más tarde, recibí una postal de Mustafá, que representaba una etiqueta de vino con una huella de pisada, pintada por él. “¡Bravo, Mustafá!”, pensé.

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