De las banderas uno no puede salir así como así: de la bandera de Gran Bretaña uno sale simbólicamente por donde sale, es decir por ocho puntos, donde las cruces de la Unión Jack se liberan de su yugo de trapo. Con la de otros países pasa lo mismo, es relativamente fácil -siempre desde un punto de vista simbólico- huir por sus flancos, pero, ¿y de la japonesa? ¡La japonesa es un punto, una bola, un botón, de ahí no sale nadie!
Las banderas son, en realidad, pedazos de trapo. Según la RAE: Tela de forma comúnmente rectangular, que se asegura por uno de sus lados a un asta o a una driza y se emplea como enseña o señal de una nación, una ciudad o una institución.
También son, singularmente, accesorios de la moda: en este caso, la bandera inglesa se lleva la palma. Colocarse una bandera es definirse como un fan de tal o cual país, e incluso de definir una identidad sexual. Hay banderas para todo y para todos. Incluso hay banderas que se llaman Antonio. Pero ¿cómo huir de las banderas, si es que no nos fiamos de su significado y significante reales. Hay quien diría que eso es imposible. Incluso no nos podemos librar de la bandera pirata. Y la bandera blanca se ensucia con mucha facilidad.
De modo que hasta el Vaticano tiene su bandera. Y los equipos de fútbol, e incluso el Paraíso debería tenerla. ¿Cuál será la bandera del cielo, y la del Infierno? ¿Cuál es la bandera de un rebaño de vacas? ¿Cuál es la bandera de usted, la suya propia? El Espacio exterior ya tiene la bandera de la NASA, y la luna tiene la bandera de los EEUU. Lo que no sabemos es cuál es la bandera del Universo. Ni la de los agujeros negros. Ni la de las Perseidas.
Y el amor, ¿tiene bandera? ¿Tiene bandera la tristeza o la alegría? En este caso, estarían a media asta para muchos. Las banderas de los sentimientos son las más complicadas de todas las banderas. Hay quien ni siquiera conoce cuál es su propia bandera, porque no llega a descifrar lo que siente en esos momentos. Su vida es un juego de banderolas colgadas de una cuerda, de uno a otro extremo de la calle.
Antes se solía decir que uno era ciudadano del mundo, pero ello ha caído en desuso, precisamente porque no se hizo bandera, y aquello fue un error. Por eso, ñores y ñoras, es totalmente imposible huir de las banderas. Más vale fabricarse la propia, con un poco de imaginación y de destreza en la costura. Nadie quiere una bandera con jirones. Nadie quiere besar una bandera sucia y andrajosa. Pero muchos quieren jurar una bandera limpia, nueva, aunque sea fabricada en China.




