Dentro de poco es el cumpleaños de mi novia, y digo yo que lo normal es regalarle algo. Nunca nos hemos regalado nada nunca, quizás porque nos conocemos desde hace una semana y media. Pero en su cumpleaños tengo varias ideas sobre lo que le puedo regalar. Lo primero que pensé fue en abrir la hucha de lata en la que guardo todos mis ahorros. Lo malo es que cuando la abrí, ¡zas!, encontré unos pocos euros cobrizos por los que no te dan nada hasta dentro de por lo menos cien años.
Me di cuenta de que ni trabajando en una fábrica de zapatillas deportivas en Tailandia conseguiría el dinero necesario para comprar un regalo, así que pensé en el abrigo de astracán que hacía tiempo que mamá no usaba, pero cuando se lo dije a ella se rio mucho y me mandó a la mierda.
Miré en mis cajones a ver si tenía otras cosas que sirvieran y encontré lo siguiente: un huevo podrido que guardaba para arrojarlo por el balcón, una colección de cucarachas muertas, una bolsa de caracolillos vacíos, dos petardos sin explotar, y un puro habano medio roto. La verdad es que no era gran cosa.
Estuve pensando en hacerle un collar de caracolillos, y de paso fumarme el puro, pero el fallo estaba precisamente en los caracolillos, a nadie le haría ilusión ponerse un collar de caracolillos, sobre todo si no podía comérselos. ¡Si por lo menos los caracolillos estuviesen llenos!
Hoy, después de pensar un rato, he encontrado algo que regalarle. Como ahora le estoy enseñando a mamá a utilizar Internet, una tarde que ella no esté le regalaré a mi novia un ataque informático al Pentágono. ¡Será divertidísimo! Apuntaremos los misiles de Israel hacia Washington, y los de China hacia Rusia, y los de Francia hacia… En fin, ya se nos ocurrirá. La liaremos gorda, como en una película, y nos haremos famosos.
Saldremos en la tele como los de Salvados y Supervivientes. ¡Todos los líderes políticos tendrán que pedirnos sopitas! Seguro que lo primero que hacen es preguntarnos qué queremos. Y entonces yo les diré: “Mil millones de dólares y una docena de rosas rojas”. Pero claro, igual mi novia es como mamá, y no le gustan las rosas.
No sé por qué, cuando intentas hacer el mejor regalo del mundo, te pones nervioso. No es una sensación agradable. Comprendes que a tu novia no le gustaría el huevo podrido, y quizás tampoco la colección de cucarachas muertas, aunque haya hasta de las gordas. Tal vez mamá tenga razón, y a veces uno no sepa cómo acertar.




