Hablé con Bárbara de Braganza, reina consorte de España, y me dijo que sí. Que a ella le había sucedido continuamente durante su vida. Como princesa en Lisboa, primero, luego como Princesa de Asturias y finalmente como Reina. Ella siempre amó la música. Su padre, Juan V de Portugal, se lo había inculcado desde niña. Pero cuando conoció al maestro italiano en Lisboa, su amor musical se convirtió en pasión. Aquellas primeras lecciones que el genio napolitano del clavicémbalo le dio entonces, se grabaron de tal modo en su espíritu, que ya nunca la abandonaron.
Cuando años más tarde su padre acordó con Felipe V de España su matrimonio con el heredero Fernando, se reencontró en Sevilla con el maestro de música, al que tomó ya para siempre a su servicio. Bárbara se casó por conveniencia de Estado, pero resultó que además se enamoró perdidamente del futuro Rey Fernando VI. Y éste de ella. Parece que formaron una pareja ejemplar de amor y fidelidad, aunque sin hijos.
Pero ella no sólo amaba a su esposo. Compartía su amor con el que sentía por el arte musical. Admiraba y veneraba a aquel prodigioso clavecinista italiano, al que el don ya le venía del padre, Alessandro, aunque su inspiración superase con mucho la de su progenitor. Domenico se quedó para siempre en España, bajo la tutela y protección de la reina. La madrastra del Rey, la pérfida Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V, que siempre desdeñó a Bárbara y a cuanto la rodeaba, no pudo evitar que el maestro Domenico siguiera fiel y leal a su señora, mientras su genio creativo no cesaba de componer, influido además por la música popular de España, su patria de adopción.
Más de quinientas sonatas para clave (luego adaptadas al piano) creó este hombre en España. Todas son perlas musicales. Cuando se escuchan, fluyen como agua de manantial.
Bárbara me contó muchas cosas de su vida, de sus sentimientos y de sus goces musicales. Acostumbrada al clima atlántico de Lisboa, le resultaban insoportables los calores tórridos de Sevilla y Madrid. En sus aposentos de los Reales Alcázares hizo colocar un precioso clave para su maestro Domenico. Cuando el músico interpretaba sus sonatas, las notas y los arpegios resonaban por todo el palacio y la reina de repente experimentaba sensación de frescor y bienestar, a pesar de los cuarenta grados a la sombra.
Entonces ordenaba a Domenico seguir y seguir tocando, y era como sumergirse en una fuente que acariciaba la piel y producía placer con sus armonías.
Así estuvo el maestro instruyendo y acompañando a la reina durante 28 años. Domenico murió en 1757, un año antes que su protectora. Ella tuvo, pues, que separarse a la fuerza de la compañía del maestro, pero nunca se separó de la compañía de su música, que ella interpretaba o hacía tocar a otros clavecinistas de la Corte.
Y me refirieron que la reina Bárbara se retiró un año después a Aranjuez, para morir allí, en 1758. Fue un caluroso 27 de agosto y en su agonía la acompañaban los acordes cristalinos de la sonata K466 en fa menor de Domenico.
Su esposo, el rey Fernando VI, que siempre la amó, perdió la razón al perderla a ella y la sobrevivió sólo un año más.
Cuando en estos días de julio de 2015 se averió el aparato de aire acondicionado de mi casa y un calor africano se instaló en el piso, me acordé de Bárbara de Braganza y del maestro Domenico. Entonces me tendí en la cama y me puse a escuchar en la oscuridad algunas de sus mejores sonatas (K466, K296, K213, K260, K518, K8, K13).
Y cuando oí repetidamente la K466 me invadió una oleada de frescor inexplicable y comprendí a Bárbara.
Y a Domenico Scarlatti.





