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CRÓNICA SOCIAL (Y II)

Banquete de boda: del brindis con cava al striptease y la sorpresa

Me disculpo diciendo que tengo que ir al servicio, antes de que capte que ni él ni la novia me conocen, y que me he confundido de boda; y comprendo que la mía es en el salón de enfrente.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Sorbete de champán
Es la hora del sorbete de champán.
-Una boda no sería una boda sin sorbete de champán –le comento a la mujer-bombón-. Yo me negaría a asistir a una boda en la que no hubiese sorbete de champán. Para las bodas, el sorbete de champán es tan importante como el mismísimo cura. ¿No cree?
 
Por un momento me parece que esto es un déjà vu, y que ya me ha pasado antes, en otra vida quizá, pero, afortunadamente, ella me contesta:
-Sí. Me encanta el sorbete de champán.
 
Seguimos paladeando nuestros sorbetes de champán con fruición, mientras pienso que el sorbete de champán no está mal, pero no se puede comparar al champán embotellado, que además no es champán, sino cava.
 
Tarta nupcial
 
Llega la tarta.
El novio y la novia se disponen a cortar una porción con un espadón de Cid Campeador que de seguro debe de adornar la armadura que embellece algún rincón de este mesón especializado en bodas, bautizos y comuniones.

Afortunadamente, el novio no corta la tarta por la mitad de las bonitas figuritas nupciales que tan gentilmente ha regalado el mesón, cosa que hubiera sido a todas luces de mal agüero.

Los flashes se disparan en el supremo momento de la sección.
Después de cortar la tarta empieza a sonar el vals por los altavoces. Primero lo bailan el novio y la novia, después el padre de la novia toma el relevo con su hija. Y tras el vals, muchos se ponen a bailar al son de una banda en cuyo bombo se lee: “Orquesta Operación Éxito”.

Ajenos a todo, los niños practican el salto de longitud en la pista arrollando a algún danzante, y todo el mundo está razonablemente borracho, menos yo, que estoy insensatamente borracho.
 

Copa y puro
Algunos invitados varones se han quitado las chaquetas para bailar más a gusto, con amplia mancha de sudor bajo el sobaco. Los demás se reúnen por mesas, en la inevitable hora de la copa y el puro, puros chupados que a veces quedan abandonados en cualquier cenicero, humeantes y huérfanos.
Por mi parte, me dedico a menear el esqueleto. Cuando más ocupado estoy interpretando con la odalisca el baile de Pulp Fiction, que por lo visto es lo que se estila en esta boda –un toque de distinción- se aproxima un tipo casi más ebrio que yo, y me dice al oído:
 
-¿Tienes farlopa?
-No –le contesto.
El tío desaparece tal y como había llegado.
 
De repente irrumpe en escena la mujer-bombón y se une a nosotros en un trío, cuando todo el mundo sabe que los que bailaban en Pulp Fiction eran sólo dos.
Se acerca y me dice al oído:
-Esa chica tiene novio.
 
Cuando comprendo que se refiere a la odalisca, intento hacer como si la cosa no me hubiera afectado en absoluto. Vaya con la mujer-bombón.
El baile se va haciendo cada vez más desaforado. Todo el mundo salta y gira, y algunos incluso practican una extraña modalidad de lucha libre que quieren hacer pasar por rock “n” roll. Alguien derriba a una señora mayor, a la cual hay que recoger del suelo.
 
-¿Está muerta? –pregunta un invitado.
-No. Sólo malherida –responde otro.
-Vaya por dios. Es mi madre –replica el primero.
Un pobre bebé que ha amenizado todo el banquete con su llanto está, por su parte, a punto de ser lanzado por los aires, en un despiste coreográfico que podría haber tenido las peores consecuencias.
 
La odalisca mueve sus caderas rodeada de depredadores que simulan un cortejo nupcial. Se nota que a ella le gusta que le hagan corro. Otras se aprovechan, y se meten en el círculo. En el otro extremo de la pista se forma una conga de Jalisco.
En esos instantes, tal vez por los efluvios benefactores del alcohol, los invitados me abrazan, yo devuelvo los abrazos, todos acabamos abrazándonos hasta que aquello parece una melé, y casi se me saltan las lágrimas de la emoción, quizás por el humo de los puros, a pesar de que sus caras no me suenan mucho. Eso se supone que son las bodas, un acto de confraternización. Ahora soy yo el que canta: Blanca y radiante va la novia.
 
El baile alcanza un bestialismo paroxístico que raya en los límites de la sensatez. Los pisotones se multiplican, la gente grita, los chicos y las chicas juntos tienen que bailar. Tras varias horas de danza, como haría un derviche, me baño en el sudor colectivo, comprendo que quiero a esta gente, y me pregunto qué es lo que tienen de malo las bodas.
De repente un tipo que se abre paso entre los danzantes se me acerca con unas tijeras enormes.
 
-¡Eh! –exclamo-. ¿Qué vas a hacer con esas tijeras?
-Cortarte la corbata, tío –dice el otro, tambaleándose y echándome el aliento a güiscazo.
-Pero, ¿las corbatas no se cortan en las despedidas?
-Qué va, qué va. En las bodas de siempre.
-Joer –protesto, en la medida que la intoxicación alcohólica me permite hablar-. Es la única corbata que tengo, la de las bodas. Llevo diez años acudiendo a todas las bodas con ella. Además, es de “Loef”.
 
-Es verdad, bonita corbata –dice el tío, mientras me estrangula por ahorcamiento con corbata, agarrándose a ella para no caerse, sin percatarse de que mi cara está adquiriendo un tono púrpura. Este juego de fuerzas provoca una extraña coreografía que protagonizamos en la pista de baile.
-Bueno, tienes razón –recapacito, antes de perder el conocimiento por falta de aire-. Corta la maldita corbata. Estoy harto de ella. ¡Córtala!
 
La castración es indolora. Se parece a cuando te cortan el pelo. El trozo de corbata cae al suelo y el de las tijeras se apresura a recogerlo y guardárselo en el bolsillo.
-Oye –me dice, apoyando todo el peso de sus brazos en mis hombros, antes de buscar otra víctima-, ¿tú no eres de la promoción del setenta y ocho de Jesuitas?
-Pues no. Pero me parece que te conozco de algo –le aseguro, apoyando todo mi peso también, como si bailásemos a lo agarrado-. Me da la sensación de que te conozco de toda la vida, pero no sé de qué.
-Yo era novio de la novia. Salía con ella. Igual me conoces de eso.
 
Mientras hablamos, la “Orquesta Operación Éxito” arremete con una melodía lenta, quizás porque nos han visto a los dos muy cariñosos en el centro de la pista.
-¿Sabes? –gimotea- Yo creía que no me iba a joder, pero es que ahora me doy cuenta de que la quería, tío, la quería.
-Bueno. Así es la vida. Hay que pasarlo bien entre putada y putada –le digo.
-Sí. Las otras bodas de ex novias no me afectaron. Pero esta me ha sentado peor. Yo creía que iba a terminar casándome con ella.
-¿Casándote? Yo creo que lo que te ha sentado mal es el güisqui, colega. Deja a los demás que se casen. No te importe. Allá ellos.
-Me encuentro mal. Tengo ganas de llorar.
-Llora, llora en mi hombro.
 
Tal y como estamos, abrazados para no desplomarnos, vomita en mi chaqueta. Apurado, saca un pañuelo de su americana, e intenta limpiarlo:
-Lo siento, de verdad, tío, lo siento mucho.
-Bueno. De todas formas, algún día tenía que llevarla a la tintorería.
 
En ese instante la música de baile vuelve a tronar impetuosa, la conga de Jalisco pasa por la mitad de la pista, me arranca de los brazos del hombre de las tijeras, arrollándolo y llevándoselo lejos. Por mi parte, después de haber perdido varios botones de la camisa en el forcejeo, giro como una peonza hasta quedar a la altura –lo que son las cosas- de la odalisca. A pesar de mi aspecto, con la corbata cortada y la chaqueta con una sombra sospechosa, le debo de resultar gracioso. El frenesí se apodera definitivamente de los danzantes. El calor de los cuerpos hace que el sudor se evapore, y la pista parece una sauna. A mí me han vomitado encima. Todo es maravilloso.
 
La odalisca borda un paso de baile y acaba a mi lado. Me coge de las manos, y, sin que yo sepa muy bien lo que está sucediendo, el mundo comienza a girar a mi alrededor. Para cuando me quiero dar cuenta, le gente nos ha hecho corro, y el público marca el ritmo con las palmas. Somos las estrellas de la fiesta. Nuestro baile oscila entre la danza africana y la jota aragonesa. Todo me da vueltas. La odalisca se pega a mí de cuando en cuando, y me susurra cosas al oído. Yo, a pesar de que no le entiendo nada, digo a todo que sí.

Cuando se acaba el tema bailable que nos ha catapultado a la fama, la gente aplaude a rabiar, pese a que yo todavía tengo dificultades para levantarme del suelo, y nuevos bailarines piden su turno a mi pareja, que ríe sin parar. La música comienza de nuevo, y el afortunado que ha conseguido un baile desaparece entre la multitud, agarrando del talle a la odalisca.
 

En el colmo de la borrachera un invitado se marca un striptís. Se queda en gallumbos Oceán y calcetines de ejecutivo. Aprovecho la expectación para acercarme a la mesa de las botellas y me sirvo un güisqui que me bebo de un solo trago.
 
La sorpresa
De pronto alguien me toca el hombro con el dedo, y cuando me doy la vuelta veo que tengo dos novios delante, que al final acaban uniéndose en un solo novio por misterios del rioja, unido al sorbete de champán, unido al cava, unido al güisqui. Cuando logro dominar la verticalidad, me doy cuenta de que no le conozco de nada.
 
El novio me abraza con un balanceo etílico.
-Quería agradecerte las palabras de antes. Has dado en el clavo, tío. Ni yo mismo lo habría dicho mejor. Por cierto, ¿de qué te conozco? Yo soy muy mal fisonomista, lo siento. ¿Eres amigo de mi mujer? Dios, nunca me acostumbraré a llamarla así.
-Pues yo soy un amigo de un amigo de un amigo.
El novio se echa a reír.
 
-¡Jo, jo, jo! Tío, ¿de dónde has salido? Ya ves, yo no quería saber nada de bodas, pero, como tú bien has dicho, “la verdad está ahí fuera”. Venga, que te voy a presentar a unos amigos de unos amigos de unos amigos.
 
Me disculpo del novio, diciéndole que tengo que ir al servicio, antes de que capte que ni él ni la novia me conocen de nada, y que no tenemos ningún amigo en común, porque, como en una iluminación, caigo en la cuenta de que me he confundido de boda por culpa de un paralelismo procaz, y comprendo que en el salón de enfrente, visible desde donde nos hallamos, tiene que estar desarrollándose en este preciso instante el banquete de boda al que he sido invitado. Así que me escurro como puedo, driblando a la mujer-bombón, y me presento en la boda que me toca, en donde los novios que me corresponden están todavía con los entremeses, y mis amigos me esperan en la mesa que me ha sido asignada.
 

Cuando me ven llegar, con la corbata cortada, la camisa sin botones y la chaqueta sucia, gritan alborozados: “¡Unas palabras! ¡Unas palabras!”

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