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EL AGUJERO

Años cayendo en el pozo sin fondo

Cuando ya le había cogido cierto gusto a la soledad, como si el destino se empeñase en llevarme la contraria, apareció otro cuerpo que caía junto a mí.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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No recordaba exactamente cuándo caí en el pozo sin fondo. Sólo sabía que llevaba años cayendo, y que se me habían acabado los cigarrillos. Por descontado que la caída era muy desagradable, y uno no acababa nunca de coger postura. Además, estaba convencido de que jamás volvería a ver a nadie. De pronto, cuando ya le había cogido cierto gusto a la soledad, como si el destino se empeñase en llevarme la contraria, apareció otro cuerpo que caía junto a mí.

-Hola –le saludé, bastante ilusionado de poder hablar con alguien-. No sabía que hubiese alguien más cayendo en este pozo sin fondo. Creí que este agujero era exclusivamente mío, o, por lo menos, eso es lo que me habían asegurado. ¿Podría decirme cómo se llama, si no le importa? Es que hace mucho tiempo que no oigo ningún nombre.

-Soy Lucifer –dijo el extraño, que vestía de Armani.
-Creí que el último Papa muerto había declarado que el infierno no existe –razoné-. Así que estará usted intentando encontrar vivienda, ¿no?

Lucifer arquéo las cejas, de por sí puntiagudas, y ladeó la cabeza:
-Eso quedó en agua de borrajas. Pero la verdad es que me dolió un poco. Otro de los desplantes de los católicos, teledirigidos por el Vaticano. Pero, a pesar de las presiones del lobby, no voy a cambiar de opinión. Mi ministerio es cuestión de principios. ¿Por qué debería amar al ser humano? Un tercio de la Humanidad es responsable de la miseria de los dos tercios restantes. Cada segundo mueren tres niños de hambre. Yo mismo he comprobado que, si quisierais, todo se podría evitar. Es un hecho. Así que vuestro comportamiento me horroriza, pero aprendo mucho de vosotros.

-Pero tú no eres quien para acusarnos –protesté-. Al fin y al cabo, aunque quieras pasar por independiente, eres un producto del Vaticano, que carga sobre su conciencia, entre otras cosas, con la muerte de muchos seres humanos por sida y ETS. El número no me importa, con que una sola persona muera a causa de su política contra el preservativo, ya tienen de qué rendir cuentas. Tú -por expresarlo claramente- formas parte de esa misma Iglesia, porque ella te inventó tal y como eres ahora. Es un asunto semejante al de la imagen actual de Santa Claus, que popularizó la Coca-Cola. No eres más que un icono. Al fin y al cabo, el Vaticano es una empresa, como la Coca-Cola & Company. Al principio, te imaginaron como a un macho cabrío, con pezuñas y cuernos. Después vinieron otras versiones modernas, en las que se te describía como un elegante tipo con perilla. Pero, en realidad, sólo eres un concepto, una forma de simbolizar el mal. Y de todas formas, por probar que no quede: ¿me puedes sacar de aquí?

-Ja, ja, ja… Qué divertido eres –rió el diablo, enseñando una dentadura tan perfecta que parecía falsa-.
-Primero me dices que no existo y después me pides que te saque de aquí. Pues no puedo, precisamente porque no crees en mí. Aun así, soy una idea abstracta que te persigue desde tu bautizo, y como tal, caigo contigo. Además, tu alma está en un pozo sin fondo. En cierta forma, ya es mía.

-Te estás tirando un farol. No puedes salvarme, porque eres, simplemente, eso: una idea –argumenté-.Ya veremos lo que pasa si ahora, en este preciso instante, le pido ayuda a Dios.

De pronto, la figura que caía vertiginosamente en la oscuridad, a mi lado, se dio la vuelta, y comprobé con asombro que no tenía espalda, ni siquiera nuca. En lugar del tipo atractivo con su traje de Armani, apareció la cara de un hombre con barba blanca, que iba vestido con una limpia túnica de lino.

-Supongo que tú eres mi Dios, ¿no? –acerté a decir.
-Para servirte –contestó el anciano-. Tu experiencia vital te hizo acabar creyendo en la dualidad, una idea de influencia claramente oriental, pero los residuos de tu educación catequística aún me conservan como un viejo vigoroso de barba blanca. Vaya lío, ¿eh? Soy como Santa Claus, pero, en lugar de un traje rojo con gorro, llevo una túnica blanca, qué le voy a hacer, en el sentido de la moda, no he evolucionado desde los griegos.

-Yo creía que usted había muerto para mí. Pero, ya que está aquí, ¿podría decirme quién fabricó el pozo sin fondo en el que he caído? –pregunté.
-En realidad, sé que tu mente piensa que fui yo -dijo Dios, con un suspiro de resignación-. Pero, insisto, yo sólo soy una idea tuya. Sólo puedo decirte lo que ya presientes. El agujero sin fondo atraviesa la tierra de una forma helicoidal. Puedes visualizarlo como un cable de teléfono rizado, sin extremos. En otras palabras, estás en una órbita infraterrestre, dando vueltas alrededor del núcleo.

-Así que mi caída es una especie de movimiento perpetuo. Algo así como un reloj de arena que girase solo, porque el peso del aire, durante cierto tiempo, supera al de la arena. Y yo soy como un grano de arena, ¿no? Pero, si todo tiene su origen en mis ideas, ¿esto me lo he inventado yo?
-La autoría de este agujero en particular te corresponde. Pero yo sería prudente antes de ponerme a presumir. Seguro que hay otros agujeros…

Durante unos instantes me dio la impresión, a juzgar por mis cabellos, de que flotaba. Después de experimentar esta curiosa sensación -a la que, por otra parte, ya estaba habituado- volví a notar el vértigo de la caída.
-Eso me parece muy bien, pero, yendo al meollo de la cuestión, yo le tengo a usted (yahvé que le trato de usted, y que nunca se me ocurriría pronunciar su nombre en vano) como la representación de la sabiduría. Ya que es Dios, podría ayudarme a dejar de caer.

-Hombre, ya te digo, solamente soy una idea tuya, un presentimiento que tiene su origen último en la inseguridad y en el miedo –aclaró el anciano, y después, con cierto fastidio, resumió-: Sólo soy una esperanza, un consuelo, una tabla a la que aferrarse, pero, a veces, también un clavo ardiendo.
-Ya, pero siendo éste agujero parte de mi sistema de creencias, supongo que habrá alguna forma de llegar al fondo –reflexioné, y volví a formular mi deseo-: Quiero dejar de caer.

Entonces Dios alzó su mano misericordiosa:
-Bien, te diré lo que, en realidad, sabes desde hace mucho tiempo, pero deseas desesperadamente escuchar. Si quieres dejar de caer, sólo tienes que hacer una cosa.
-¿Cuál? –pregunté, impaciente.
-Muy sencillo –dijo Dios-: imagínate el fondo.

Tears in Heaven Eric Clapton

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