He conocido a una mujer acosada por su marido. Maltratada y con juicios pendientes. Ahora sueña con cucarachas. Y se levanta sonámbula de la cama.
He conocido a un ser humano especial, que tiene que defender su día a día con dientes y garras. Que es fuerte como un roble, y al mismo tiempo sensible y frágil como una amapola.
Al borde la carretera, soporta el paso de los camiones cargados de decepción, y su efecto “doppler”. Colecciona piedras de todos los tamaños y colores. Tiene en los ojos el agua verde-marina de la ría y el mar.
A veces creo que hay hombres como su ex marido a los que quizás habría que castrar químicamente para que dejasen en paz a sus víctimas de toda la vida. Hombres que no quieren a su mujer ni a sus hijos. Y lo peor de todo es que no se dan cuenta de que su vida es desdichada.
Como ya dije en cierta ocasión: “Las amapolas manchaban de rojo el campo de maíz amarillo, el campo de maíz manchaba las praderas verdes, las verdes praderas manchaban el bosque oscuro. El bosque manchaba las afueras de la ciudad”.
Pues esta es una amapola que no sé cómo puede vivir tan sola.




