“Adelantemos nuestros relojes – atrasemos nuestros relojes- adelantemos nuestros relojes – atrasemos nuestros relojes – adelantemos nuestros relojes – atrasemos nuestros relojes…” dice la canción mientras el coro secunda: “El mundo es una bomba – el mundo es una bomba – el mundo es una bomba – aún por estallar”. Pum.
Yo sigo del ritmo en una discoteca para jubilados de Gran Canaria, a donde he venido para hacer una cura de sol y tranquilidad. La verdad es que las chicas de las copas no están mal, pero todas tienen un novio muy celoso que las controla desde el otro extremo de la pista.
“Adelantemos nuestros relojes – atrasemos nuestros relojes – adelantemos nuestros relojes – atrasemos nuestros relojes”, sigue diciendo la canción incombustible, mientras los jubilados se vuelven locos bailando y adelantando y atrasando sus relojes, de tal forma que no se sabe si llegarán a casa a las cinco de la madrugada, o las seis, o las cuatro. Qué más da, sólo hay una vida. Y hay que disfrutar.
Yo acabo tarareando “El mundo es una bomba – el mundo es una bomba – el mundo es una bomba- aún por estallar”. Pum. Los maduritos hacen una conga que recorre la pista, aunque hay algunos que no aceptan unirse porque están bailando a lo “agarrao”, quién diría que se puede bailar a lo “agarrao” una canción de éstas, y la conga serpentea entre ellos como una serpiente de colorines, de los que salen piernas cuando suena el bombo. Pum.
Luego un solo de trompeta lleva la melodía y sus bailarines hasta el delirio. Y todos levantan sus manos por encima de sus cabezas, excepto alguno que mira su reloj y se pregunta, efectivamente, que coño de hora será. Los demás dan vueltas en torno a sí mismos –incluso hay algunos que se desploman mareados- y eso que sólo han bebido zumos de futas a seis euros cada uno.
Zumos de frutas del Caribe, zumos de frutas de Brasil, de Tailandia, de Las Martinicas, todos con su denominación de origen y un sabor diferente. En mi mesa, aparece una carta que me trae en bandeja una señorita de la barra, y en la que se lee: “Soy la mujer de pelo blanco azulado de la izquierda de la pista. Me quedan pocos años de vida. ¿Quisiera bailar usted conmigo?” Ni corto ni perezoso, atravieso la pista y saco a bailar a la dama.
“El mundo es una bomba – el mundo es una bomba – el mundo es una bomba – aún por estallar. Pum”. De pronto, la canción pega un giro a baile “agarrao”. “Unforgetable”, canta el dueño del micrófono, que para mi sorpresa es un viejo crooner encorvado. “¿No le parece que canta estupendamente?”, me dice la dama. “Pues sí”, le respondo yo. “Es mi marido”, dice la enjuta señora con orgullo, poniéndome la mano en el pecho”. Yo finjo una gran desilusión: “¡Ah! ¿Está casada? Una pena”, me lamento.
“No se preocupe, somos un matrimonio liberal”, susurra la mujer. En ese instante la miro a los ojos. Debe de haber sido muy bella en su juventud. Una preciosidad de labios pintados con un poco de carmín y unas cejas estupendamente depiladas. Las orejas un poco grandes y despegadas, pero eso… es cosa de la edad. Se acaba la música al “agarrao” y la dama mira su reloj: “¡Pero si son las seis de la mañana!”. Mi marido me va a matar. Nos despedimos, y la miro atravesar la pista. Después observo que hace gestos a las monitoras de animación y señala la silla vacía de su marido. Ellas la agarran de los brazos y los hombros, y la señora rompe a llorar.
(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog “Como sujetar un cocodrilo” supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993); “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010), y "Esclavo de la luz" (Ed. Punto Rojo, 2013).




