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DEMASIADO PRONTO

¿Acaso esto es un sueño? Entonces me vuelvo a la cama

La calle está desierta. Sólo hay algunos mendigos. No piden, duermen junto a sus monedas. Aparte de estos cuerpos tendidos en las aceras, no hay nadie. Las ventanas están cerradas.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Comienzo a caminar por Rodriguez Arias y me desplazo hacia la Gran Vía. Recuerdo la novela favorita de mamá “Cenizas de esplendor” de la Marquesa de Avendanyo. Los palacios abren brechas en el cielo que esta azul. De pronto veo abierta una panadería. “¿No será esto un sueño?”, me pregunto. En la panadería no hay panadero. Cojo unja barra de pan y dejo su precio en el mostrador. Curiosamente, el pan está caliente.

Sigo caminando por Colón de Larreátegui, donde vivieron mi madre y sus padres. Colón de Larreátegui ejerce sobre mí la misma atracción que un imán. Hay un cartel de bar donde se lee Bilbao 70. Y está la tienda de artículos de para artistas que se llama, precisamente, como un pintor de cuando la Revolución Francesa.

Pero, ¿por qué no hay nadie aún por la calle? ¡Son ya las nueves de la mañana! Un perro salido de la nada se acerca a mí y me chupa la mano. Luego se va, moviendo el rabo. Sigo caminando. Doy un pequeño giro y paso por mi antiguo instituto, donde la diosa Minerva hace esquina como un mascarón de proa.

Sigo hacia el Caso viejo. Pasa un tranvía que hace sonar su campana, y, sin embargo, no veo a nadie dentro. Después de bajar por el puente del Arenal, me interno por la calle Bidebarrieta, con su biblioteca a un lado, y sigo hasta la catedral de Santiago. Nunca me han gustado las iglesias, pero esta vez voy a orar. Sus puertas están abiertas. Su ambiente dorado me trae recuerdos. A mí siempre me entraba la risa en las iglesias. Por eso una vez me echaron.

Salgo de la catedral y recorro las Siete Calles. Una vez me perdí en ellas. Papá nos decía a menudo: “cuidado con ir al Casco viejo”, porque siempre había manifestaciones, o enganches con la policía. La madre de papá sabía euskera, y tenía un reclinatorio en su propia casa.

Camino ya de vuelta. Todos los bares están cerrados, y en el suelo hay papeles de fiesta. Confeti rojo, rosa, amarillo, verde, azul, blanco… ningún mendigo por aquí. Emprendo el camino hacia casa, y voy a lo largo del Nervión, hasta el puente, el viejo puente del Perro Txiko, llamado así porque, ha mucho tiempo, había que pagar para cruzar una perra chica. Sigo la linde y atravieso el puente de La Salve, dejo a un lado La Bilbaína, en cuyo bar los hombres de negocios tienen cristales oscuros por donde poder mirar sin ser vistos.

Después encuentro a Don Diego Lope de Haro –el fundador de la ciudad, dicen- en su peana, tendiendo un rollo de piedra hacia el Caso viejo. Al final, la Dama de Amboto no se lo llevó. Ella se transformó en guadaña de fuego, y atravesó los cielos hasta perderse en los montes. Camino por la Gran vía de nuevo. El sagrado corazón vigila desde el otro extremo. Demasiada peana, una peana gigantesca para una escultura que hubiese debido estar al alcance de los ojos, pero indiscutible icono para los conductores de automóviles de Bilbao.

Entro en casa y el ascensor no funciona. Subo los pisos hasta la casa de mi madre. Me quito la ropa y me meto nuevamente en la cama. Sí, quizás sea todavía demasiado pronto para todo.

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