Arrasan la parra con sus uñas. El día que todos cogen. Porque si no, las gatas se enfurruñan. Sale el maître que intenta asustarlas. Sin conseguirlo pregunta a los comensales. ¿Quieren ustedes pizza o pasta?
Yo quiero pizza mi amor. Pues yo quiero espaguetis, ya basta. Y después tira el cigarrillo a los rosales.
Casimiro, por favor –dice ella- eso me ha parecido muy mal. Las colillas no hay que tirarlas. Y menos hacia las flores. Casimiro, de mil amores, se levanta y recoge la taba, que de mala gana arroja al canal.
Eso es peor Casimiro, le reprende ella, te estás portando como un cerdo. ¿Sabes cuánto contamina una colilla? Él se sienta de nuevo en la silla. No veo una papelera, dice, por más que miro. Ni un cenicero en la mesa.
Pero la solución no es esa. Se entra y se pregunta al camarero. ¿Dónde puedo tirar la taba, compañero? Casilda se levanta y se afana. En recoger la colilla, reacción vana. Pues cae al canal y se sumerge en las aguas. Sin pensarlo Casimiro se lanza tras ella.
Y resulta que ambos tocan fondo. Se ríen de que lo que parecía profundo, no sea nada hondo. Si hubiéramos traído paraguas, bromea Casimiro. Y añade: me estoy poniendo cachondo.
Ella susurra: Casimiro, nos estamos bañando en un canal veneciano. Ahora dame la mano. Él responde: no, que me turra. Vamos a hacer unos largos. Y se ponen a nadar ambos.
El camarero sale con la pasta, y se sorprende de que sus clientes hayan desaparecido. Traducido al castellano, grita: ¡se han ido! Sale el maître y se rasca la cabeza. ¿Cómo han podido esfumarse, sin pagarme “la dolorosa”?
Sobre la parra, el gato goza. La luna riela en la senda de los nadadores. ¡qué escena más hermosa! Por un momento, ambos se detienen, se abrazan y se dan un beso. Después de todo, había venido a Venecia por eso.
¡Esta ciudad no se hunde!, clama Casimiro. Y su cuerpo con el de ella se funde. El día que se hunda Venecia yo te dejo, dice Casilda. “Ese día está muy lejos", repone su compañero. Casilda susurra: “la próxima vez vendremos en Enero”. Y veremos entonces si te tiras por mí”. “Sí, Casilda, sí”, dice el otro, “Sin lugar a dudas te quiero”.




