Un día de primavera, mi novia Casandra y yo decidimos ir al parque de pic-nic, con la cesta, el mantel, los fiambres y una botella de vino. Nos instalamos junto al estanque. Mientras devoraba su bocadillo, Casandra se admiraba del precioso día que hacía.
-Me da envidia tu felicidad, Casandra –le confesé, atisbando unas nubes en segundo plano-. Seguro que el horizonte que te toca a ti está despejado. Estoy convencido de que vivimos en mundos diferentes, y me gusta más el tuyo, es más amable, más luminoso y, en definitiva, mucho más acogedor.
-Fíjate cómo está la gente, sin camiseta, y con los pantalones arremangados… Llega el verano. ¿Nos pegamos un baño? Deberías aprender a disfrutar, y, sobre todo, a ser más positivo.
Efectivamente, detrás de mí, el verde del prado parecía estallar bajo los rayos del sol, y la composición de las figuras tendidas sobre la hierba, junto al estanque, tenía la lánguida armonía de un cuadro puntillista de Seurat. Estornudé cuatro veces seguidas a causa del polen, y me soné la nariz con una servilleta de papel.
-Por Seurat –brindé-. Reconozco que tienes toda la razón. Debería ser más optimista, más positivo -resumí, mientras me limpiaba la napia.
Justo en ése preciso instante un mendigo se acercó al canal, cogió un pato muerto por el cuello, y se lo llevó campa arriba.
-Sí –reflexioné, mientras mascaba otro bocado-. La verdad es que puede que tengas razón. Todo depende de adónde se mire. Y es necesario ser positivo en el momento justo, claro.
A lo lejos, vi a dos ertzantzas acercarse al mendigo, que aún llevaba el pato agarrado del cuello, y darle el alto.
Me di la vuelta, y me alineé con Casandra, tal y como si estuviéramos en el cine, para asistir a la proyección de un mundo maravilloso y fascinante.
Todavía faltaba un rato para que las nubes, que llegaban desde mi segundo plano, descargasen un par de truenos con sus respectivos rayos, y la composición de Seurat virase inesperadamente al cubismo de Juan Gris a causa de un chaparrón que provocó la desbandada general.
Mientras corríamos en busca de un tilo, Casandra juraba (dicho más claramente: blasfemaba) porque aquella misma mañana había ido a la peluquería, “Me cachis la mar, ¡y ahora adónde voy con estos pelos!”. “¡Tómalo por el lado positivo!”, repliqué.
“¡Los peces no tienen por qué buscar cobijo, porque siempre están mojados!”, señalé, viendo a las carpas rojas nadando bajo la lluvia. Decididamente, mi visión del mundo estaba mejorando.




