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VOLVIENDO A LA TIERRA

Txomin, Mayor Tom, Mayor Tim y el Athletic de Bilbao

Yo, cabo primero Txomin, astronauta profesional, llegué de un viaje interestelar sin tener en cuenta que, aunque mi cuerpo permanecía joven, en la tierra habían pasado unos cuantos años...

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Yo, cabo primero Txomin, astronauta profesional, llegué de un viaje interestelar sin tener en cuenta que, aunque mi cuerpo permanecía joven, en la tierra habían pasado unos cuantos años, por aquello de la distorsión espacio-temporal, o como cuernos se denomine este maravilloso efecto que te hace la puñeta cuando vuelves por fin de otro planeta. Lo primero que me llamó la atención fue que la tierra, vista desde el espacio, parecía estar dividida como un cubo de Rubik. Desde las estrellas, se podía echar una partidita. “¿Qué es eso, Mayor Tom?”, pregunté, e insistí: “¿Puede oírme, Mayor Tom? ¿Puede oírme, Mayor Tom?”

Desgraciadamente, el Mayor Tom había muerto hacía años de una indigestión de macarrones con tomates transgénicos, así que comuniqué con su sucesor, el Mayor Tim, que me explicó que ahora la tierra estaba dividida así, exactamente para esparcimiento de los poderosos. “¿Juegan al cubo de Rubik?”, pregunté. “Claro. Utilizan los satélites”, me contestó el Mayor Tim, “y tienen muy mal perder”.
 

Podía observar la tierra cada vez más cercana, mientras el Mayor seguía contándome. Efectivamente, la organización territorial y política del mundo había cambiado. “¿Y el Athletic?” repuse. Claro, el Athletic ya metía goles y más goles. El respeto que suscitase en la comunidad internacional dependía de ello.
 
“Lo que quiero saber es si voy a poder sobrevivir en este mundo futuro con mi sueldo de antes, si me darán un plus para irme una semanita a tomar el sol a la playa, cosas así”. El Mayor guardó silencio. Fue un silencio que me heló la sangre.
 
De improviso, perdí la conexión con aquella voz, y lo cierto es que casi era preferible que hubiese ocurrido así, porque, ¿qué más teníamos que decirnos? La tierra parecía al alcance de la mano, y escudriñé mi propia cara reflejada sobre ella en el ojo de buey. Acaso era el rostro de un náufrago desesperado que vagara durante mucho tiempo por los mares y que, para no enloquecer, contase miles de veces las fibras leñosas de su balsa, y que después, al volver a la tierra, se encontrase con algo totalmente diferente a lo que había dejado. ¿Le importaba yo a alguien?
 
Se me ocurrió conectar la radio. Por lo menos, si la forma de dar las informaciones no había cambiado mucho, de algo me podía enterar. Di con una emisora. El locutor decía: Victoria del Athletic de Bilbao. Campeón de liga. Emitiremos la voz del gran gravístico a las doce horas. La cuarta clonación del Athletic repitió triunfo en las elecciones, por cuarta vez consecutiva. De este equipo de cuarta generación se espera la consecución definitiva de la obliteración nacional, en el marco de unas relaciones expansivas de carácter mimórfico. Entre otras cosas, en el programa del Athletic se hallan contempladas la desgravación fiscal de la eutanasia, la legalización de la marihuana y la redistribución de las estaciones, que, a partir de ahora, en lugar de cuatro, serán seis.

Aunque tampoco se me antojó un mal programa, se me erizó ligeramente la piel. Porque yo había visto brillar los rayos del sol más allá del árbol de Guernica. Yo me había comido un chuletón cerca de Somorrostro. Yo había probado las alubias de Tolosa con sacramentos. Sí, había hecho cosas que nadie creería. Pero, ahora, todos esos momentos se perderían como lágrimas en la lluvia, porque se acercaba el momento de aterrizar. Así que comencé a practicar: “¡Aúpa Athletic!”.
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