Dicen que le cortaron las manos. Para que no compusiese más. Dicen que le enterraron sin manos. Para que no pudiese escarbar y recuperar su libertad.
Dicen que era un joven amable, de voz dulce como el rumor de un riachuelo, de ojos sinceros como los cantos que brillaban bajo el agua.
Dicen que su compromiso político era más bien un compromiso humanitario. Que la humanidad no debería estar reñida con la Humanidad. Que no se trataba de altruismo, ni de utopía, sino de simple y llama solidaridad.
Dicen que cuando le detuvieron, no dijo que era Víctor Jara, ni aquello de: “Usted no sabe quién soy yo”, porque le conocían bien, le conocían. Sabían que matarle era cortar un árbol centenario, de raíces prodigiosas. Dicen que extirparon un cáncer a la humanidad. Que, de lo contrario, las raíces de ése árbol se iban a apoderar de la tierra.
El Terrorismo de Estado lo usó como advertencia para otros, cuyo cáncer estaba siendo tratado en las comisarías, a base de golpes y confesiones arrancadas con sacacorchos en las rodillas.
Nadie quería ser Víctor Jara, nadie quería acabar como el bueno de Víctor. Se disolvió la enfermedad de la que era portador en un vaso de ácido sulfúrico que después arrojaron en las alcantarillas y que acabó con la transparencia de sus aguas y con las piedras rodantes que lo hacían hablar.
Víctor Jara no ocupaba un gran cargo político, simplemente era un trovador. Dicen que le mataron por eso, por la belleza de sus canciones, por su forma de presentarlas, por sus ojos y su voz.
Su voz era lo que más temían. Su voz. Y la forma de regalársela al Pueblo, como quien regala una flor.
Te recuerdo Amanda aún se sigue escuchando, y tarareando. Aunque Víctor Jara se halle enterrado en su tumba, su alma flota entre las notas de una melodía que marcó a toda una generación.