Estamos todos fuera, de vacaciones de nosotros mismos, hemos salido a caminar por la playa, olvidando nuestras huellas en la arena, mientras recogemos caracolas y piedras mágicas.
Hasta que una ola venga a devorar las huellas, y un delfín gris se lleve mar adentro empujando a la luna nuestros anhelos de hombres y mujeres de mar como el despojo de los sueños de verano.
Que el mar le sea leve a los albatros, que el sol reluzca este verano y que nuestros cuarteles de otoño estén llenos de trigo para moler en la próxima estación de la vida.
Mientras tanto las mareas siguen subiendo y bajando: buena y mala señal.
Cuando bajan las mareas, los cuerpos desnudos aparecen desparramados por las playas. A ti señor de los mares te pedimos que nos perdones nuestro crimen con tu destello deslumbrante de sangre y cielo sobre la superficie del horizonte tal y como lo haría un ángel submarino, un tritón, una sirena. Y que te apiades de nuestra vergüenza.
Las olas arrastran cadáveres de inmigrantes hasta las playas. No es raro que parezcan delfines varados. Vinieron a buscar fortuna y encontraron la muerte en costas desconocidas.
Y a los prebostes de Europa parece no importarles.
Las pateras seguirán arribando a costa, abriendo las olas cual faldas de can-can en la inmensidad azul habitada por corderitos blancos que pacen el krill.
Que el mar les sea leve a los muertos.




