– Ven chaval, que te voy a dar un palíndromo que te vas a enterar
– Pues tú ten cuidado que con una serie de pareados te pongo mirando al Parnaso
– Permíteme que me ría, yo a ti con un esdrújulo te pongo la cara del revés
– Ja.
– Pues sí, Ja, y si nos vamos a la falta de rimas y nos agarramos unas mayúsculas la cosa puede llegar a ser grave
– Ja, porque tú digas un haiku no me voy a poner a lloriquear
– Tú ten cuidao, letraherido, que me acuerdo de tu rostro
– Huy, nos ha salido vate, el poetastro éste.
Ambos literatos echan a correr, uno tras otro, hasta que se encuentran en el Gran Basurero de libros, donde los mendigos aprovechan para leer en las noches en vela.
– ¿Tú crees que nos habrán creído?
– Hombre, de buenas a primeras debería ser así. Mañana apareceremos en el Boletín Poético y llamaremos la atención sobre nuestros últimos trabajos. Pero para que sea más realista, debería golpearte en un ojo con un libro gordo. ¿Te importaría que te dé con el libro gordo de Petete?
– La verdad, me parece un tanto ridículo. Prefiero las Obras Completas de Leopoldo María Panero, que tienen que hacer el mismo hematoma.
– Pues ponte a buscar.
– Lo tengo en casa.
– Pues toma.
– ¡Ay!
El segundo poeta ha sido golpeado en un ojo por las Obras Completas de Paul Eluard. Sin previo aviso, contrataca y le da en plena boca al primer poeta con un tomo de la enciclopedia Larousse.
– ¡Uy! Te has pasado. No habíamos hablado de enciclopedias. De hecho, creo que me has roto un diente.
– Alégrate, amigo. Un diente roto es como un verso hiperreal.
Al día siguiente, en el programa televisado Boletín poético, ambos poetas cuentan su versión de los hechos y aprovechan para promocionar sus últimas obras. Todo ha salido bien, pero cuando se miran algo parecido al odio recorre sus pupilas.




