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UN AMOR POSESIVO

Me gustaba tanto, tanto, tanto… que por eso tuve que dejarla

Pero tenía que compartirla con su trabajo, sus amigos, los desconocidos, los pájaros, las flores de los parques, los árboles y los montes...

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Me gustaba tanto, tanto, tanto…

“Y si hubiese tenido una candado la habría encerrado en una celda, para gozar yo solo de su presencia, pero tenía que compartirla con su trabajo, sus amigos, los desconocidos, los pájaros, las flores de los parques, los árboles y los montes”.

Era desesperante, me gustaba tanto… sus labios, sus ojos su cabellos, su sonrisa, ¡me gustaban tanto, tanto! Pronto sentí que no podría vivir sin ella. Que cada minuto de su ausencia iba a transcurrir como una agonía, que nuestra cama iba a estar vacía si ella faltaba, como la Patagonia en una día nublado, ¡Era tan, tan bella…!

Y su conversación me interesaba tanto, tanto, y sus palabras estaban tan bien colocadas, tan bien dichas, tan ajustadas a la frase como el polen de primavera, como el aroma de las caléndulas y de las praderas verdes llenas de “txiribitas”, y sus actos eran tan bonitos como en los dibujos de Walt Disney. ¡Me gustaba tanto!

Y su cuerpo era una escultura deseada por todos los hombres -yo tuve la oportunidad de comprobar que era real y no un espejismo- y me atraía tanto como un imán a un alfiler, y la imaginaba como un imán recoleto repleto de alfileres, y sentía que su forma de caminar no era como el de una modelo de pasarela, si no que mejor que la manera de nadar de una bailarina acuática, andaba como una lozana cierva por el camino más pedregoso que jamás hubiera visto, porque su vida había sido dura, tan dura…

De inmediato me enamoré de ella, pero cada día estaba más y más enamorado, cada día aumentaban mi deseo y mis ganas, cada día era un suplicio verla macharse a trabajar, y esperarla para comer, y volver a verla marcharse dejándome como un reloj de pared y esperarla para cenar, y esperar que se lavase su preciosos dientes para tenerla junto a mí en el lecho, y mirar y remirar sus tatuajes que decían cosas en lenguas extrañas, demasiado complicadas para mí, pero cuya letra me gustaba tanto.

Ella me dijo que me quería, lo sé, pero jamás su amor, en mi opinión, podría compararse con el mío, la folie que yo sentía y a la cual ella estaba tan acostumbrada gracias a sus otras experiencias, tan bonitos amores que acabaron en las cunetas, o peor aún, en sólidas amistades de las que ella no podía prescindir.

Era tanto el celo que me inspiraba, que no me hubiera importado convertirme en la sombra de su gato –Jacques Brèl decía “la sombra de tu perro”- para arremolinarme entre sus piernas, tal era mi pasión desenfrenada que no podía mirarla sin que se me cortase la respiración, tal era mi depravado cariño que la necesitaba sólo para mí y para nadie más.

Y si hubiese tenido una candado la habría en cerrado en una celda, para gozar yo sólo de su presencia, pero tenía que compartirla con su trabajo, sus amigos, los desconocidos, los pájaros, las flores de los parques, los árboles y los montes.
Por eso tuve que dejarla.

– Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog Como sujetar un cocodrilo en Hechos de Hoy supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, Mermelada amarga (Ed, Margen cultural, 1993); La fragilidad de la porcelana (Ed. Alberdania, 2010), y Esclavo de la luz (Ed. Punto Rojo, 2013).

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