Pero hay veces en las que el hilo se rompe, y la cometa queda libre. Que una cometa sea libre es un asunto de máxima importancia. Quién sabe lo que podría ocurrir si le da en la cabeza a un caballero y se vuelve loco, y dice que le ha caído el gordo de la navidad.
Entonces tendríamos otro problema, añadido al problema que ya conocíamos. Porque el hombre -que se ha vuelto amnésico porque la cometa le ha dado en pleno limbo- exige que yo le diga por qué está paseándose por la playa en lugar de ir a cobrar el premio. Ahí tengo media madeja, y otra cometa que construir.
En el colmo del absurdo tengo que decirle al señor loco que me eche una mano, y descubro que tiene un trauma infantil porque nunca le dejaron jugar con cometas. Está muy nervioso y me pregunta si yo solo no sería capaz de desenrollarla. Le digo: “Vale. Lo intento”.
Y ahí me tienen desmadejando madejas en este arti-cuento que ya ha empezado siendo un nudo sin desenlace posible. “¿Sabe usted?”, dice el señor, “Esto es muy relajante. He intentado desatar el nudo que siempre tuve en la garganta y creo que lo estoy consiguiendo”. Yo, que no entiendo nada, prosigo con mi trabajo y hago otra cometa, de color naranja. Tras ello ato la cuerda a la cometa, y propongo al caballero que la hagamos volar.
De pronto el tipo grita: “¡Juraría que llevo el boleto premiado en el zapato!”. Se quita el zapato, y aparece un décimo. “Aquí está”, dice, “Había venido a la playa a pensar, sólo a pensar”, me confiesa. Y después lanza la cometa a volar, como un niño ilusionado. “Me parece que iré más tarde a cobrar el premio”, exclama. “¡Se está tan bien aquí, en la playa, haciendo volar la cometa!”. Yo asiento con la cabeza, y le miro. “Si es que se puede ser feliz con cualquier tontería”, reflexiono.
Yo, por ejemplo, hago cometas. Y después las hago volar, intentando hacerlas llegar a la estratosfera de las soluciones.




