Entonces nos pusimos en manos de especialistas. Ellos nos dijeron que los genes que se empeñaban en fastidiarnos la vida eran muy conocidos en la espiral de ADN, porque siempre intentaban chupar microscopio archiatómico saludando con aire de burla.
“Se llaman genes joderetes”, dijeron los científicos, y son unos auténticos bromistas. Nos pusimos a preguntar los precios de genes más perfectos, y salían a una barbaridad de euros. “A cómo salen sueltos”, pregunté, y la verdad es que resultaban mucho más baratos cuando se los daban a uno en una bolsa para peces. “¿Son eficaces?”, pregunté, una vez más, y el doctor respondió: “al menos han dado resultado con las ratas. Mire cómo se quieren”.
En efecto, reinaba la paz dentro de los barrotes de la jaula, y las ratas parecían quererse, amarse y respetarse. Al final, planteé la pregunta más importante para mí: “Cambiar nuestros genes… ¿no ofenderá a Dios?”. “¿Dios existe?”, dijo el científico, y añadió: “pero… ¡eso es imposible!”.
Decidimos implantarnos los genes nosotros mismos, por ahorrar, así que nos bebimos cada uno la mitad de la bolsa de agua, procurando no digerir los genes, sino incorporarlos a nuestra espiral.
Tiempo más tarde, nos casamos. Les hacía ilusión a los padres de ella, y por otra parte, el matrimonio nos ofrecía muchas ventajas de índole tranquila. Así que dejamos de lado nuestras convicciones ideológicas de juventud y nos plantamos ante el altar. Los genes habían hecho su efecto. Por fin éramos una pareja estable y feliz.
Después nos fuimos de crucero, haciendo planes y disfrutando de la mar serena. Las fotografías dan fe de que fue un viaje inolvidable, durante el cual nuestros problemas parecían una minucia comparados con la inmensidad del océano.
Al de dos años de planificado matrimonio, cuando ya esperábamos nuestro primer hijo, nos llamaron de nuevo los científicos. “La generación de ratas que fue creada a partir de la sustitución de genes joderetes ha mutado, nos confesaron. “¿De qué forma?”, preguntamos, sin disimular nuestra angustia. “Pues es sencillo pero difícil de aceptar”, dijeron los científicos, “las ratas han comenzado a parir formas florales. Por decirlo claramente; en lugar de ratoncitos dan a luz rosas, claveles, gladiolos, buganvillas y todas las plantas de flor que uno pueda imaginar. Y lo peor es que dentro de poco darán en su torso orejas, narices e incluso ojos”.
Colgué el teléfono, espantado, incapaz de creer lo que se me había comunicado. Ella lloraba como una Magdalena. La tomé por los hombros, la agité un poco para sacarle de su histeria, y le susurré: “No te preocupes. Esta es la prueba de que Dios existe”.
Desde entonces nuestra vida ha cambiado bastante. Seguimos siendo una pareja feliz, disfrutamos de una situación económica desahogada y creemos en Dios. Mi mujer, que es un amor, dio a luz un bonito rallador de queso, que usamos cuando comemos espaguetis, cosa que ocurre casi siempre.




