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MUERTO

La mujer a la que amo se casó por la blancura de su vestido de novia

No puedo volver a casa porque hay otro hombre que la ronda: su marido, incrustado en su familia como un quiste sebáceo que ha brotado otra vez en el lugar más inoportuno.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Me siento muerto. La mujer a la que amo aún no se ha divorciado, aun cuando hace años que no hace el amor con su marido, y no se casó por amor, sino por la blancura de su vestido de novia, los coros de ángeles, las flores, y la demoniaca bendición de su tío obispo, embaucador de niñas. Decidió tener un hijo con un hombre al que no quería por regalarle algo a su madre el día de su cumpleaños. Estoy furioso.

Ahora no puedo volver a casa porque hay otro hombre que la ronda: su propio marido, incrustado en su familia como un quiste sebáceo que no mata, pero que ha brotado otra vez en el lugar más inoportuno. Soy amante de nuevo, a mi pesar. Manejo munición peligrosa, como me dijo un amigo. Huyo a esconderme en otras habitaciones cuando el timbre suena.

Mi reputación no me importa, la pisoteo con poemas de amor dirigidos a otras mujeres con las que quiero sustituir ausencias. Me aburro mortalmente, a pesar de practicar juegos arriesgados. Me aburre mi imagen en el espejo. La única prueba de que mi amor existe es una foto que ya no encuentro.

El tedio me convirtió en poetastro, amiga, el tedio y la rabia. Intento distraerme, pero las pompas de jabón que fabrico con un juguete estallan en mi habitación y en cada una de ellas va un sueño iridiscente que desaparece en el aire.

Pido perdón al amor, y el amor no me contesta, hace como si no estuviera. De tamaña soledad no puede salir nada bueno, ni un suspiro, ni un solo deseo.

Me retiro a mis cuarteles de primavera. A partir de ahora seré bueno, y aprenderé a tragar la saliva donde están alojadas las palabras que me gustaría liberar. Quiero ser bueno. Quiero ser reliquia de santo. Y que la propia Inquisición me queme en la hoguera de mis enceladas.

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