Guineo le debía dinero a Rulfo. Rulfo se fue a los páramos y le pidió un dinero a José. José, para pagar a Rulfo, mendigó en las calles de Astrakán. Volvió más pobre de lo que había llegado, y entonces José le pidió un dinero a Rulfo. Rulfo, que tenía muchas deudas, le pidió dinero a Guineo.
Y Guineo acabó “más pobre que un guisante huérfano en un plato de sopa”. Entonces le pidió dinero a José… Y de ahí en adelante, todos acabaron siendo deudores y acreedores de una antigua amistad que tembló como un terremoto en la superficie del plato de sopa sin guisante ni garbanzo que llevarse a la boca.
Cuando el amor salió por la ventana, ya que la miseria entró por la puerta, Guineo, Rulfo y José se quedaron sin sus respectivas que vaya usted a saber dónde comenzaron a vivir desde aquél momento.
Entonces los tres decidieron alquilar un apartamento y trabajar de gigolós, lo que se dice de “furcios”, y repartían sus horas de trabajo siguiendo un concienzudo y metódico horario que les llevó al borde del agotamiento físico. Lo que ninguno entendía era porque las mujeres necesitasen amor, tanto amor –verdadero- y no el amor de sus maridos, pue por lo visto no se planchaban la ropa ni se hacían las camas.
Así las cosas, Guineo, Rulfo y José se convirtieron en los amantes perfectos de dos medias docenas de hembras con pudientes pero no sobresalientes, y comenzaron a hablar de cosas realmente serías, porque el plato de sopa ya estaba lleno a rebosar de garbanzos, y ya se sabe que los garbanzos inducen a la charla, con su postre y su vinito, con su litro de pacharán después, con su digestión sobrellevada con caricias momentos más tarde.
Y cosa curiosa: José, Guineo y Rulfo acabaron enamorándose de su clientela, a la cual trataban como princesas. Desde que la miseria salió por la ventana y el amor entró por la puerta, se reorganizaron en turnos para lavar, planchar pasar la aspiradora y hacer la casa como todo buen hijo de su madre.
Lo que no habían hecho por sus esposas lo hacían por sus amantes, que además colaboraban con generoso donativos para que la casa fuera amueblándose poco a poco. Así que quedaron lejos los tiempos de Astrakán, de dineros y de deudas, pues sólo eran deudores de su propia vida, y de la fragancia que flotaba en la casa, como una deliciosa brisa de primavera.
– Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog Como sujetar un cocodrilo publicado en Hechos de Hoy supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, Mermelada amarga (Ed. Margen cultural, 1993); La fragilidad de la porcelana (Ed. Alberdania, 2010), y Esclavo de la luz (Ed. Punto Rojo, 2013).




