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EL CUERNO DE ORO

Escala en Estambul con motín a bordo del Queen Victoria

El capitán -que se tomaba el té en cubierta con varios ilustres pasajeros- reveló en rigurosa primicia que el famoso Hércules Poirot había subido a bordo en Mykonos.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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Cuando el capitán del Queen Victoria -que se había vestido de gala, y tomaba el té en cubierta con varios ilustres pasajeros- reveló en rigurosa primicia que el famoso Hércules Poirot había subido a bordo en Mykonos, algunos de sus invitados le miraron con cierta aprensión.

-¿Hércules Poirot? –dijo una vieja dama, tocada con un anticuado recogido victoriano-. Oh, my god. Tuve la oportunidad de conocerle en una ocasión, en El Cairo. Qué hombre. Tan pringoso, tan perfumado y repeinado… y siempre con algún caso que resolver.

-Pero, ¿por qué utiliza ése tono para referirse a él, condesa? –le reprendió el capitán-. No me parece correcto. Se trata de Poirot. Sin duda alguna, el mejor detective del mundo, y tal vez el más famoso.

-Ya… Eso no lo negamos –dijo otro pasajero, vestido de levita, que movía aprensivamente su cuchara dentro de la taza de té-. Pero usted comprenderá que llevar a Hércules Poirot en el pasaje es, por decirlo de alguna manera, altamente preocupante, ¿no?

-¿A qué se refiere usted? –se sorprendió el capitán
-¿Hay algo en concreto del señor Poirot que le moleste? Puedo asegurarle que a pesar de su aspecto, un tanto grotesco, cuando se le conoce en persona resulta extraordinariamente divertido e ingenioso. Créanme, señores, no hay ocasión de aburrirse con monsieur Poirot.

La sirena del Queen Victoria aulló varias veces seguidas, anunciando a toda bocina su presencia en el Cuerno de Oro. Los reunidos levantaron por un momento la vista hacia los voluptuosos pilares de humo negro que salían de las chimeneas de los cargueros. Hubo una respuesta de bienvenida, y algunos pescadores les saludaron. Las gaviotas viejas del puerto, muy mal educadas, volaban cerca del servicio de té, y a veces conseguían robar una pasta de coco.

Después de beber un delicado sorbo, una mujer atractiva -con pelo corto y vestida como un chico- posó la taza manchada de carmín sobre la mesa, y sentenció:
-Si ése francés -perdón, ése belga- no abandona el barco en ésta escala, me bajo inmediatamente. Aunque tenga que prostituirme para salir de Estambul por mis propios medios.

El capitán del Queen Victoria, que alguna vez estuvo encantado de recibir en su nave a Hércules Poirot, fue incapaz de comprender la postura de su pasajera, y ensalzó la figura del detective, una vez más:
-Pero, damas y caballeros, ¡estamos hablando de Hércules Poirot! –exclamó, y lo repitió, como para sus adentros: “Hércules Poirot”-: ¿Por qué no le quieren ustedes por compañero de viaje?

-Es evidente –respondió un joven que, en lugar de té, bebía vodka-; cuando aparece ése tal Poirot, siempre se comete un asesinato. No resulta nada tranquilizador verle por aquí.

El viajero de la levita le dio la razón:
-Yo he contratado un crucero de relax. No quiero líos. Si Poirot no se baja ahora mismo, nosotros le sacaremos del Queen Victoria por nuestros propios medios. ¿Están ustedes conmigo?

Todos asintieron con la cabeza.
-Entonces, esto es un motín –constató el capitán. Cuando el barco atracó por fin en Estambul -y sólo tras estampar su cotizado autógrafo en el cuaderno de bitácora del capitán- Hércules Poirot tuvo que abandonar el Queen Victoria, y se vio obligado a tomar el Orient Express.

– Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog Como sujetar un cocodrilo en Hechos de Hoy supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, Mermelada amarga (Ed, Margen cultural, 1993); La fragilidad de la porcelana (Ed. Alberdania, 2010), y Esclavo de la luz (Ed. Punto Rojo, 2013).

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