En mi barrio había una loca. Mis hijos y mi mujer la conocían. Decían que estaba trastornada aunque era de muy buena familia, y cuando hablaban de ella asegurando que estaba loca, lo decían con cariño.
Yo la veía desde otro banco, era como una escultura de la plaza y a mí me parecía una mujer con sus cosas, claro, pero pacífica, leñe, porque no hacía daño a nadie, yo la veía hablando sola, como si hubiese alguien a su lado, y no sé, no sé cuándo murió.
El caso es que su banco se quedó vacío, un buen día, y ahora está ocupado siempre por los chavales, que comen pipas y tiran las cáscaras al suelo en las tardes tontas, leñe, justo donde ella se sentaba a mirar la calle y soñar, y digo si las palomas y los jilgueros la echarán de menos porque siempre la rodeaban tuviera o no migajas de pan para darles, ¿Sabe usted?
Pues justo unos días después de su desaparición me dijeron que estaba enamorada de mí, ¿Sabe? Je, je, je… y que nunca se atrevió a confesarlo. Ahora soy yo el que les echa miguitas de pan a los pájaros, y les llama la atención a esos jóvenes que no conocían la historia de esta plaza.
¿Le confieso una cosa? Que yo, de joven, también estaba enamorado de ella.




