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EDGAR Y CLAUDINE

El té de China; o las versiones que brotan de un tema complicado como el desamor

Madame trajo el té a su ex amante, en una bandeja de plata con iniciales, y dos vasitos moros de Persia y unas pastas, que de ningún modo deberían ser remojadas en la bebida.

Hechosdehoy / Enrique Mochales
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-¿Sabes, Claudine? -dijo el caballero de las largas patillas- Me ha extrañado mucho que me llamases, estando como estoy con Aurelia, tu sobrina. Y precisamente para tomar un té. ¿No me habrás envenenado mi propio vaso? –preguntó.

-Por favor –respondió Claudine-. Edgar, tú has manchado mi nombre y mi reputación, pero no considero en ello razón alguna para asesinarte. Simplemente te sigo queriendo, y deseando, como una sirena a un marinero.

-¿Sabes que las sirenas devoraban a los marineros una vez los tenían a su alcance? –repuso Edgar, irónicamente-. Claudine, yo también te quiero, pero estoy enamorado de tu sobrina, Aurelia. No hay nada que pueda cambiar eso.

Claudine se puso nerviosa y arrojó una cucharadita de azúcar al suelo.

-Por favor, discúlpame –se excusó, y se agachó para esparcir el azúcar en la alfombra Luis XV, de modo que no se notase nada.

En ese momento, Edgar procedió a cambiar su vaso por el de Claudine con rapidez.

Cuando Claudine se incorporó, tomó el vasito de té con sus dedos de pianista y le dio un sorbo.

Edgar hizo lo mismo. “Me gusta el aroma a canela, Claudine. Este té es el mejor que he tomado en mi vida”. Agradeció.

Claudine empezó a tartamudear:

-Es té chino original. “Puh Er” de las montañas de China-. Luego dijo: “Edgar, me siento mal de repente”. Comenzó a llorar y se levantó de la silla. Me voy a mis aposentos –pero antes de que consiguiera avanzar tres pasos cayó, y dejó de respirar.

Edgar no esperó más. Salió sin llamar al mayordomo por la puerta de recepción y fue a montar a su caballo. Pero su pie resbaló de la brida y cayó al suelo polvoriento. Normalmente habría sido un golpe sin la menor importancia. Pero no se pudo incorporar. De su boca brotaban espumarajos blancos. Después de un par de contracciones, dejó de respirar, y murió.

El resto de la historia la dejamos en manos de los diarios que se vendieron al día siguiente por todo Londres. Ni se imaginan ustedes las múltiples versiones que brotaron de un asunto tan complicado como el desamor.


(*) Enrique Mochales, escritor y pintor. Su blog “Como sujetar un cocodrilo” supone una novedosa iniciativa de incisivo columnista en el escenario digital. Entre su obra, “Mermelada amarga” (Ed, Margen cultural, 1993); “La fragilidad de la porcelana” (Ed. Alberdania, 2010), y "Esclavo de la luz" (Ed. Punto Rojo, 2013).

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