Esta es la historia de un hombre que imaginó que si dejaba su globo aerostático flotando en el aire sin dirigirse a ninguna parte, daría la vuelta a la tierra por el simple movimiento rotatorio de ésta.
Pero ahora resulta que el mundo ni es un globo, ni es plano, ni un cubo, simplemente un pedazo de tierra con forma ovoide, así que le saldrían baches al hombre durante su viaje alrededor del planeta.
El sol, que, pese a lo que algunos creen, es una estrella, alumbró el globo de nuestro hombre durante el tiempo que duró la travesía, durante la cual pudo ver las mareas humanas de África, la Muralla China, la cordillera de los Andes, y decidió, como el barón rampante, no bajarse jamás de su globo.
Se estaba mejor allá arriba, sobre todo cuando los rayos del sol de la madrugada convertían al globo en una inmensa linterna roja, y su único tripulante recibía la comida por medio de cestas que arrojaban, sujetas a una cuerda, llenas de cerezas, de viandas, eso sí, excepto de pájaros, los únicos dinosaurios vivos de la tierra -junto a los reptiles, y las moscas, y los ornitorrincos, que él consideraba como hermanos suyos.
Pero llegó el día de la gran tormenta. Un rayo fulgurante cayó sobre el globo, que fue a parar al tejado de la casa de una bella campesina.
Los diarios sólo dijeron que el hombre del globo rojo que cruzaba la tierra sin moverse había desaparecido de la faz terrestre como un sueño perdido en el Infinito, a donde nos llevará el viento algún día hermoso, en que los rosales florezcan y las parejas de enamorados hagan picnic en los principales parques de las urbes, ése día en que los hombres dejemos de luchar por tonterías, ése día en que las crías palpitantes de un jilguero nos hablen al oído de la leyenda de un hombre que cruzó la tierra sin moverse del sitio.




