Las primeras veces que hube de entrar, cuando llegó a mi casa aquella mujerona de brazos gruesos como troncos, me ponía a llorar de miedo. Si lloraba me pegaba un tortazo, y si lloraba más me daba otro, y después me decía: “Te pego porque te quiero”, de tal forma que nunca volví a llorar a la hora de cumplir mis castigos.
Recuerdo que en el cuarto oscuro, ocupado por escobas, aspiradora y fregonas, sentía el mismo terror que experimentaba cuando veía salir a los cabezudos. En esa época, cuando el sadismo se combinaba con la ingenuidad infantil, para producir resultados hilarantes, el cuarto oscuro se me antojaba una sala de tortura habitada por sombras que eran bocas y manos y ojos Por ello no me movía apenas, esperando la amnistía de la muchacha de León, que solía llegar aproximadamente en un cuarto de hora o veinte minutos.
Pero llegó un momento que el hábito me quitó el miedo, y comencé a disfrutar del cuarto oscuro. Reconocía las escobas, la fregona y la aspiradora palpando con mis manos, y me imaginaba que estaba preso en una celda medieval. Poco más tarde –porque yo seguía siendo malo- empecé a coger el tranquillo de abrir la puerta desde adentro, y a echar un vistazo al pasillo, cerca de la cocina, donde la chacha cantaba canciones de su pueblo con esa voz de hipopótamo acatarrado que tenía la gracia de poseer.
Poco a poco, empecé a organizarme como un comando de un solo hombre, y a salir a escondidas del cuarto oscuro, desde donde podía ver al primer monstruo real de mi vida –que no estaba precisamente en el cuarto oscuro, sino en la cocina- y escurrirme pasando delante de la puerta al salón, a tocar mi guitarrita de juguete. No tocaba más que una nota, pero me transportaba como un “OM” a países desconocidos, sobre todo a la India, que llamaba especialmente mi atención. Cuando creía que había pasado el cuarto de hora, volvía de puntillas y me metía obedientemente al cuarto oscuro, esperando mi excarcelamiento oficial.
Pero uno de esos días, la tipa me pilló justo cuando pasaba delante de la puerta de la cocina. Me agarró de la oreja y me preguntó qué diantres hacía allí. “Me estaba haciendo pis”, contesté. Fue la primera mentira de mi vida. Ella puso cara de no fiarse mucho de mí, pero por lo menos me libré de un garrotazo. “¿Y te has lavado las manos después?”, preguntó; “porque si no Dios te va a castigar y te va a mandar al Infierno”. Yo corrí a lavarme las manos a toda prisa. Después me dio un trocito de pan que yo masqué, con tan mala fortuna que se me cayó al suelo.
“Bésalo”, dijo, “porque lo que acabas de tirar es el Cuerpo de Cristo”. Obedecí, y me comí el resto del pan crujiente -el pan de aquellos años- sin decir esta boca es mía. Pero ya me había hecho mayor durante los seis meses que la chacha había permanecido en la casa, y la siguiente vez que me pegó, y me mandó al cuarto oscuro, yo también la pegué, con la mano abierta, en la cara.
Agarrándome de un brazo con una fuerza que me hizo moratón, exclamó, sorprendida: “¡Me has pegado!”. Yo la miré, llorando, con todo el odio que corría por mis venas –el primer odio de mi vida- y respondí: “¡Te he pegado porque te quiero!”.




