En realidad, la conferencia iba a tener lugar en un colegio de Vitoria, y los oyentes iban a ser aventajados alumnos de secundaria, entre los catorce y los quince años. Me pagaban ciento veinte euros. No era una barbaridad, pero tampoco algo desdeñable para mí. Me sorprendió el interés que se tomaron los chavales por mi último libro, que habían leído ese trimestre como deber de literatura.
-¿Abordas con seriedad tus dudas metafísicas en tus escritos? –preguntaban.
-¿Te masturbas, como tu personaje protagonista, en honor a Platón?
-¿Te suicidaste al final de libro? ¡Estabas abocado a hacerlo!
Pese a mis esfuerzos no conseguí que la totalidad de la clase me escuchase: hubo muchos que me ignoraron olímpicamente y resolvían mientras tanto complejos desarrollos matemáticos. Por si quedaba alguna duda, respondí -como pude- a todas las preguntas.
Sí, aplicaba la metafísica “de vez en cuando”, pero había que utilizarla “de corazón”. Sí, me masturbaba, cosa que podía relajar hasta al mismísimo Platón enamorado. No, no me suicidé, tal y como podía comprobarse con mi presencia allí, porque no había que confundir al protagonista de un libro con su autor.
Las preguntas continuaron: ¿Las introducciones, nudos y desenlaces de un libro tenían conexión con algún sistema pitagórico? ¿Estaba Wittgenstein presente entrelíneas de mi libro? ¿Cuáles habían sido los beneficios netos de mi trabajo tras seis meses escribiendo?
Volví de Vitoria en el autobús de las 3:30. No me encontraba demasiado bien. Poco más tarde me dolía el cuerpo como si me hubiesen propinado una paliza. Esos malditos niños prodigios me habían machacado. Habían escarbado en mi mente. Me habían dejado vacío.
Antes de regresar a casa, pasé por la farmacia y compré unas aspirinas y otra caja de Trankimazín 0,25. Después de tomarme una aspirina, darle unas caladas a un cigarrillo y unos tragos a una cerveza sin alcohol, apilé el Trankimazín donde acostumbraba, en el botiquín del baño. Ya sumaban seis cajas. En total, ciento ochenta pastillas.
Sin embargo, no pude hacerlo. No tuve agallas. Durante la siguiente consulta, le confesé a mi psiquiatra cuáles habían sido mis intenciones al acumular Trankimazín durante tanto tiempo. Él sonrió, y me dijo: “Sí… uno se podría suicidar con Trankimazines… si después de tomárselos todos, se pusiera delante de un camión”.




