El inglés dijo “LOL” para indicar que se estaba tronchando. Luego vino una asociación de “hahahahaha”, al que se unió un “haha” japonés, que fue tan hilarante que se transformó en un “www”, que se podría traducir como una larga carcajada. Mientras tanto, el tailandés se partía con un “555555555”, y el chino mandarín con un “haha” y un “hehe”.
El español, que no se había enterado de la broma, río forzadamente con un “jajajajajajajajaja”, al que se unieron los “xaxaxa” de los griegos y el “kekekekekeke” de los coreanos. También los portugueses y los brasileños se sumaron a la algarabía general, con sus “rsrsrsrs” y sus “huehuehue”.
Y es que en la asamblea parlamentaria de la ONU había que reírse en el propio idioma, y aprender el sonido de la risa de los demás países miembros. Por ejemplo, si uno no entendía bien el “hihi, haha” de un alemán, o el “xexe” de un ruso, la reunión podía terminar en un conflicto internacional grave.
El francés podía reírse con un “LOL”, “hahaha”, héhéhé” y “hihihi”, así que era más cómodo para un español, que podía soltar un “jojojo”, un “jejeje” o un simple “Jajaja”.
No digamos si un hebreo intervenía con un “xàxàxà”, totalmente compatible con el “xaxaxa” griego. Ambos se entendían estupendamente. Pero había otros que no tenían risa. Los había cuya risa era incomprensible para todos los demás, si es que se daba la ocasión para que se riesen. Y no siempre surgía la oportunidad.
Después había un tipo que decía por el micrófono: “Emitan su voto los países que se han reído”, pues ya se presuponía que los que no se reían iban a votar que no. ¿Vencía la risa a la tristeza? Normalmente sí, aunque fuese una risa impostada.
Generalmente, la risa salía espontánea, pero en otras cuestiones había que esperar a ver cómo se reían los EE. UU. para sumarse a su hilaridad. Entonces y sólo entonces, la gran sala se reía en pleno, aunque las risas ocultasen la protesta, el sollozo, el desacuerdo o la más pura indiferencia.
Eran risas amargas, risas de dolor. A veces risas de locos. Y, generalmente, risas de cuerdos que no sabían que estaban locos. De tal forma, el Himno a la alegría de Beethoven se interpretaba con un concierto de risas políglotas, a las cuales dirigían las carcajadas más poderosas.
Otras risas más pequeñas servían de acompañamiento a la risa principal, que no emanaba de la asamblea parlamentaria, sino de pequeños cubículos habitados por los traductores que, sabiéndose los auténticos amos del mundo, se meaban en los pantalones.




