Acudí al bar Gure-Txoko, donde sirven buen rock “n” roll y pedí un tequila para celebrar que aquél día iba a dejar de beber. Recuerdo que cuando llevaba tres, el barman –buena persona- se hizo el loco y fingió que no había oído. Seguramente se me notaban en la cara los tres tequilas, añadiendo las cervezas que me había tomado antes de llegar al Casco Viejo de Bilbao.
Una chica sola entró en el bar, justo cuando me servían el cuarto tequila, por mor de mi insistencia y la piedad del barman. Era una mujer extraña que llevaba gafas de sol en verano y un pelo rizado rarísimo que parecía una peluca. De un golpe, me bebí el cuarto chupito de tequila, acompañado de sal antes y de rodajita de limón después, y me sentí cansado.
Pedí un quinto tequila y el barman me lo sirvió por aburrimiento. Con él, me fui a apoyar en la pared, y se me cayeron algunas gotas que fueron a parar a los cabellos -o la peluca- de aquella mujer, que estaba sentada en el banco, más abajo, en la vertical de mi vaso que iba a dejar descansar en el apoyadero.
Ni corta ni perezosa, la chica se levantó y me pegó un puñetazo en el ojo echando un juramento. Luego recogió sus cosas y se marchó rápidamente del local. Noté que se había producido un silencio en el bar, y que la gente me miraba. Me senté, apabullado en el banco y un tipo vino a preguntarme si estaba bien. Yo le contesté que sí y me regaló un rotulador, algo que me pareció absurdo en ése momento.
Llegó la hora de cerrar, y dos matones con la cara muy seria me agarraron de los brazos y me sacaron de allí dejándome en la calle. Tambaleándome, logré recorrer tres calles, terminando mi paseo charlotiano frente al teatro Arriaga. Allí me desplomé, y me hice daño en una ceja. Intenté levantarme pero me resultó imposible. Unos cuantos jóvenes se acercaron a mí, y mantuvimos una charla muy divertida –que ahora no recuerdo- antes de volver a intentar levantarme.
Me aconsejaron que no lo hiciese, porque sangraba mucho de la ceja, y que habían llamado a una ambulancia. Cuando la ambulancia llegó, los jóvenes se despidieron de mí entre risas solidarias y cómplices. En el hospital de Basurto, me curaron la ceja, sin considerar necesarios unos puntos, se aseguraron de que no tenía nada roto, y me preguntaron si sería capaz de volver solo a casa. Yo les dije que sí, que por supuesto.
Cuando salía del hospital, estaba un poco oscuro, y tropecé con un bordillo. Caí, y me pegué un buen batacazo. Me dolía todo el cuerpo. Un coche de la policía llegó, y se bajaron dos agentes. Me preguntaron si estaba bien, y les dije que sí, pero que por favor me llevasen a casa. Ellos negaron su ayuda, porque el coche, según dijeron, era sólo para detenidos. “Pues deténganme”, les dije. Ellos rieron y se marcharon, disculpándose de no poder hacerlo.
Estuve un buen rato en el suelo. Pensé que, afortunadamente, mañana dejaría de beber. Hice acopio de todas mis fuerzas y me levanté. Escorado a la izquierda de mi cuerpo, emprendí el camino de mi casa. Fue un auténtico calvario. No recuerdo haber vivido aquél sufrimiento en mi vida. Me propuse no pensar. En nada. Sólo quedaba una última manzana hasta mi casa. Y lo logré. Llegué insano, pero salvo. Cuando metí mi mano en la chaqueta, me topé con el rotulador que alguien me había regalado. En la pared, justo al lado de mi portal, escribí: “No bebas, cretino”. Después de aquello, subí a mi casa a dormir la mona.
Por la mañana me dolía todo el cuerpo. Día tras día veía la pintada, escrita de mi puño y letra. La pintada se ha borrado ya, pero yo no he vuelto a probar el alcohol.




